CARTA IX

MR. SMITH A MADAME DOE: LA PARÁBOLA DE EVA HARRINGTON

En fin, mi amiga, he dado un paso adelante. Pero un gran paso que si no me ha conducido hasta el cabo me ha hecho conocer, al menos, que estoy en el camino, y ha disipado el miedo que tenía de andar descarriado. Ya ve que recurro al clásico una vez más como coartada para mi intolerable demora en responderle, aunque le juro que ni ha sido por diversión ni por desidia. Al echarme de nuevo a esta senda/selva profesional que tenía casi olvidada (el no horario, la incertidumbre, el papeleo, la competencia, la tan estimulante como falsa sensación de libertad) me he sorprendido produciendo a destajo, obrero especializado, conscientemente mercenario, más incluso que cuando estaba encadenado a la mesa de una redacción. Valiente excusa, parece que la oiga bramar. Si me sabré de memoria sus reproches al respecto: no tenga prisa, no se venda barato, no firme en vano, no alimente al enemigo. Siento terriblemente si la defraudo, madame, pero me pueden la acción y el oficio y la idea algo peregrina de que es desde dentro como mejor se combate la tontería informativa en la que estamos instalados. Quizá sea poco conformarse con enviar a un lector o a una lectora (compradores/consumidores de publicaciones sería lo adecuado) a los brazos de Adorno, a googlear a la Pollitt o a leer a De la Mare, por ejemplo. Si acaso, a mí me basta… Aunque en mi cabeza no deje de sonar en bucle la copla de aquellos otros clásicos: pero qué público más tonto tengo.

La distancia me ha ayudado a poner en perspectiva mi recién estrenada coyuntura laboral, pero también la situación de nuestro negociado. Han sido tres viajes de trabajo de una esquina del mundo a la otra en algo más de un mes, que se cuentan pronto, y todos muy ilustrativos. La compañía en mi primer periplo resultó tan deplorable que mi arranque inicial pasaba por hacerle la típica composición holocáustica de lugar con sus ironías facilonas a cuenta de la necedad del otro, hasta que una escapada exprés pero confortadora para ver a Madame La Supreme –que por suerte reside cerca de donde me encontraba- me ayudó a enfriar el ánimo y reflexionar: la culpa no es del informador enviado (no puedo decir periodista porque no sé cuántos lo eran en aquella troupe de estilistas y blogueras), sino de quien lo envía. Y aquí debería comenzar mi azote contra la inutilidad de las oficinas de prensa de la mayoría de las marcas y la lerdez contumaz de sus PRs -sin generalizar, ojo-, huérfanos del criterio adoptados por la inane apisonadora del marketing y la publicidad (“Solo invitamos a las directoras de moda, pero te mando toda la información porque nos gustaría que escribieras algo en el diario”, me soltó una vez con todo el papo el jefe de prensa de una firma de lujo que pretendía que cubriera su evento neoyorquino desde la oficina a golpe de corta-pega de comunicados), pero también contra aquellos responsables de periódicos y revistas que hacen de la información un medio para sus fines económicos (si no se manda a un periodista a hacer el trabajo de un estilista, ¿por qué se envía a un estilista para acometer la labor de un periodista? Ya sabemos la respuesta, evidentment). Déjeme sin embargo que reserve los latigazos por el momento, madame, porque hay otra cuestión, si bien relacionada, que me resulta más acuciante.

De mi segundo viaje solo le diré que agradecí la soledad, aunque al final no pude evitar confraternizar con el otro periodista involucrado, un apache francés que al tercer tequila se destapó fanático del Deprisa, deprisa de Carlos Saura y de Los Chunguitos, con resultados de karaokismo delirante en distintos antrazos. Fue en el tercero, durante una de esas cenas que hacen extraños compañeros de mesa, cuando todo se precipitó. “¿Alguno de vosotros tiene un blog?”, saltó alguien de repente. Uno, que como el diablo solo se manifiesta cuando puede sacar tajada de la situación, no tardó en capitalizar el giro que tomó entonces la conversación, que fue haciendo discurrir a conveniencia. Las conclusiones no pudieron ser más demoledoras: no hay periodistas –al menos parece que no los suficientes- para informar con oficio de los aconteceres de la moda. Por eso se recurre a la bloguera. O, peor, a la tuitera (la tuitera que resulta ser bloguera, en realidad). Palabra de los tres distinguidos colegas con poderes (un director, un redactor jefe y un director de moda) que compartían mantel, y que no pongo en duda. Así que la bloguera resuelta y la tuitera ocurrente (“Es que esa hace unos comentarios muy graciosos”, dijo el director) llenan –rellenan- ahora las muchas páginas inevitablemente vacías de nuestros medios de comunicación. Porque no hay periodistas, ya ve usted.

Vive Dior que ni me quejo de intrusismo ni estoy clamando por la oficialidad, que un título expedido por una universidad ni hace profesión (cuántos grandes de la información conocemos que no han acabado o siquiera han cursado tan maltratada carrera) ni mucho menos garantiza la profesionalidad. Abogo por ese valor tan anticuado que ya he repetido antes: el oficio. Reclamo el criterio, el análisis, el preguntar antes de disparar, el savoir faire. No recuerdo quién lo dijo: tener oficio es saber hacer, tener vocación es ser llamado (un concepto de origen religioso). Lástima que el ser llamado no equivalga siempre a saber hacer. Me viene a la memoria el consejo de Rilke al joven poeta que enviaba sus versos a las revistas y no se los publicaban, y creo que con él está todo dicho:

 “Pregúntese por qué quiere escribir. Pregúntese si puede vivir sin escribir. Si su necesidad de escribir es imperiosa y surge de lo más profundo de su corazón, ¿qué le importa lo demás? Construya su vida en función de esa necesidad, aunque tenga que trabajar en otra cosa, y escriba en la más completa soledad”.

No, no todo sirve para ser publicado. Las florituras de un blog y los sarcasmos de un tuit, espuma de la literatura, que se queden en su sitio. Tampoco le digo que a veces no funcione el trasvase (una entre cuántas), pero no acepto pulpo como solución. Y menos después de confirmar su mecanismo: el peloteo bajuno y reiterado de blogueras y tuiteras, palmeros interesados que esperan arrobar de éxtasis con sus lametones los culos del poder. El director a la mesa en cuestión, todo candor y bonhomía (sin ironías, no conozco a nadie más charmant que él en este negociado), aseguró no darse cuenta de la maniobra; el director de moda, perspicaz y honestamente brutal (tanto como para considerarse sin complejos uno de esos “periodistas domesticados” que, ya puestos, también aireé el tema), se encargó de sacarlo del limbo. Tengo que decirlo: Monsieur García es muy grande.

 La culpa, volvemos a la reflexión inicial, no es del palmero, sino de quien baila al son de sus palmas. Quien más y quien menos ha sufrido a la Eva Harrington de turno; acuérdese de aquella plantita trepadora que nos rondaba y hasta se personaba en la redacción –de aquella no había Twitter, mire si seremos vintage– para jalearnos. Entonces ladraba al árbol equivocado, que diría el inglés, pero ahí lo tiene, convertido en referente editorial internacional (pa’los huevos suyos, pero oiga, que yo me alegro por él, y allá cada cual con su conciencia). También podría referirle esa otra garrapata, que usted ha tratado más que yo, que se ha agenciado un cargo jactándose de “saber manipular los sentimientos” –y no le doy mayor detalle porque me vienen arcadas- de la que hoy es su empleadora. Pues abróchese el cinturón y cuídese ahora de la Eva Harrington 2.0 y su altavoz social, arma de seducción de egos masiva por un puñado de bolsos. Lo peor de todo es que esto vuelve a decir mucho (o sea, muy poco) del valor de la moda como información, esa cosa tan frívola y tan tonta que cualquiera puede contar.

Verá, madame, que se lo he puesto en bandeja. Confío en que lo que le cuento la haya irritado tanto que su próxima misiva sea fuego. Ardo de expectación, tanto que yo también estoy a punto de gritar: ¡¡¡Balenciaga!!!

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