CARTA X

MADAME DOE A MR. SMITH: ES EL FIN DE LA LA MODA TAL Y COMO LA CONOCÍAMOS AND I FEEL FINE

Le confieso, aún amigo, que en algún momento dudé de si me recuperaría de su grosero uso del verbo bramar aplicado a esta que, de momento, escribe. Durante algún tiempo sopesé la oportunidad de perderme en la campiña que me acoge, lugar inhóspito y solitario donde no cabe ni empolvarse el pelo ni usar miriñaque, pero donde sin duda una puede bramar a placer. Puede que sea esta soledad estoica la que me esté asilvestrando las opiniones. Quizá sea cierto que contribuyo ciegamente a esa berrea antisistema de la red social que no va a ningún sitio. Acaso me estoy dejando llevar por el alivio fácil de la propia frustración laboral. Le he dedicado algunos kilómetros de mis paseos (quién estuviera en Suiza) a esta cuestión y, valoradas las explicaciones, he concluido que, aunque todas son ciertas, no alcanzan a explicar mi cansino griterío. Es la edad, tonta, la edad.

Han de ser los años, viejo amigo, los que ahora hacen que me enrabiete la moda, las revistas, las fashion weeks y todo el fashion system que se desmorona. Han de ser los años, y esta revelación ha terminado por apagar mis gritos que, efectivamente, no vienen a cuento. Me doy cuenta, tonta de mí, de cómo los destinatarios de mis enojos (los que diseñan, los que escriben, los que leen y los que compran) responden perfectísimamente al espíritu de estos tiempos flojos, fofos, complacientes. Los destinatarios de los mensajes del negocio de la moda no son ya las élites ilustradas, sino una minoría groseramente rica e ignorante que necesita alardear de estatus y la pandilla global de eternos y glotones wannabes adolescentes que no saben (ni quieren saber) en qué mundo viven.

Se escandaliza el mundo porque Thylane Blondeau, de 12 años, protagoniza la portada de Jalouse. ¿Pero acaso no es la audiencia de la moda cada vez más niña, y no solo de edad? ¿No contribuye la industria a un tipo de mujer no solo físicamente infantilizada sino intelectualmente subdesarrollada? ¿No cultiva un escapismo facilón tan perjudicial para la salud mental como las grasas trans de un BigMac? (El asunto de la salud mental de la gente de la moda merece un Documentos TV. Cuánta gente infeliz, rota por dentro y recauchutada por fuera, he conocido yo en el negocio de las revistas de moda. Daba miedo verlas y más terror escucharlas). ¿Quién no se ha dado cuenta de que las sillas que prologan al front row de cada fashion week están llenas de inconscientes adultescentes cómicamente disfrazados que, respirando estos tiempos, no cumplen 15 mentalmente hablando?

Leo las declaraciones de uno de estos jóvenes, de uno con poder: el diseñador de Balmain  Olivier Rousteing (veintitantos). Efectivamente, si hemos de pensar y vestir ideas a medio cocer, que sean estas verdaderas y no verosímiles. Que nos vista un adolescente. Dice el tal joven en toda su comercial inocencia y ausencia de integridad: “Cuando leo una mala crítica, pienso: ‘¡Ojalá no afecte a las ventas!'”. Así radiografía lo evidente: “Mi generación entiende la moda como un fast food. Un día se lleva una tendencia y, al día siguiente, se desecha”. Su interlocutor natural es, debe ser, alguien tipo Miranda Makaroff, autora de la siguiente declaración: “Yo vivo cada día como si fuera una peli. Un día me visto de garçon, otro de pin-up, otro rollo Spice Girls –aunque menos, porque a mi novio no le gusta–”. No yo.

Se preguntaba Karl Lagerfeld en una reciente entrevista en The Guardian: “Dime, ¿porque los viejos jóvenes diseñadores, esos que ahora están en los cuarentaitantos, rediseñan los 60 y los 70? ¿Por qué no crean la moda de este tiempo?”. Está claro: a nadie le importa un pimiento. El mismo timo descansa al fondo de lo que compres en Bond Street o en un megazoco de Shanghai. Lo importante es que hoy tengo uno y mañana, otro. El destino del ser humano consumidor (el único adjetivo el mercado permite al que de él participa) es acumular, y a eso se dedica con bulímica fruición en estos tiempos líquidos, hipermodernos, vacíos, insustanciales, narcisos, en construcción. Es absurdo pedirle a esta zona gris de la Historia reciente una genialidad tipo Vionnet, Dior o Courrèges. Sus diseños se alimentaban de la revolución de las costumbres y el cambio social, algo impensable hoy. Estamos estancados, y todo lo que hay es agua sucia. Con mucho bling bling, pero agua sucia. Por eso no caben los reproches más allá de este lamento. No se le puede pedir a un negocio creativo más fidelidad que la que encadena al propio zeitgeist y, en ese sentido, nada hay que reprocharle ni a la moda ni a las revistas ni a tantas otras manifestaciones del impulso creativo humano. Algo habrá, probablemente, en barbecho, pero habrá que sobrevivir a este impass que dura ya demasiado.

Se puede, eso sí, desacralizar ciertos templos del negocio de la moda y tener al menos la decencia de llamar a las cosas por su nombre. Me da mucha risa que las directoras y demás mujeres con título de las revistas sigan invistiéndose de la mística del Periodismo, aludiendo constantemente a él, arrogándoselo. Me niego a considerarlas (o que se consideren) periodistas, cuando lo cierto es que hoy ejercen cada vez más abiertamente de mercachifles. En un artículo contra Alexandra Shulman, la directora de Vogue UK, en The Guardian, Tanya Gold engloba a toda la fuerza laboral de las revistas de moda en el negocio de la venta. Como Gold, yo también creo que debemos empezar a reclamar nuestra categoría profesional y a despojar de ella a los que no la ejerzan antes de que terminen de vaciarla del poco contenido que ya le queda. “Si la moda es tu principal modo de expresión”, le escribe Gold a Shulman, “lo único que me produces es pena, porque las mujeres tienen hoy a su alcance formas más nobles de expresión”. Y es cierto. No cabe ya enorgullecerse de trabajar en una revista de moda. Más bien al contrario: cabe la vergüenza de contribuir a una ya insostenible ceguera colectiva. “¿Acaso es una coincidencia que las más ávidas consumidoras de alta costura sean las mujeres de los tiranos de Oriente Medio?”, continúa Gold. “A la moda sólo le interesa la superficie de las cosas. Y por ello está llena de víctimas”.

Al otro extremo del Atlántico, Anna Wintour, más lista que la bocachancla británica, ya está en pleno proceso de desacralizar su cabecera abriéndola a gordas (Lena Dunham) y ordinarias (Kim Kardashian). Cual no será la avidez de esta mujer (y cuán grande ha de ser el vacío que carga), que es capaz de tragarse todo su clasismo para sentar a su mesa precisamente lo que la moda más detesta: la feísima realidad. Aunque esté terriblemente photoshopeada, otra maniobra que ya no aguantan mujeres jóvenes como Lorde y Emma Watson, cansadas de denunciar en sus redes sociales esta costumbre “peligrosamente insana” (Watson). Se alarmaba Lagerfeld de cómo las muertas de hambre de la moda se disputaron el decorado de supermercado de Chanel (otra dentellada de la realidad). “Vi en un vídeo cómo los guardaespaldas tuvieron que sacar de sus bolsos todo lo que se llevaban. No esperaba algo así de la gente que suele venir a mis desfiles”. El saqueo, debidamente comentado en nuestras extensiones sociales, es un fuera máscaras de las que tienen que servir en las revistas de moda incluidas las superjefas, sirvientas al fin y al cabo de sus editores y de las marcas.

Se leía mucha miseria, mucho esnobismo pobre y mucha falta de vergüenza en ese desvalijar el decorado. Me recordó a las bandadas de niños rumanos que durante una temporada amenazaron restaurantes y calles populosas. Claro que estos pasan otro tipo de hambre que justifica más cualquier tipo de desvarío antisocial. Este síndrome de la urraca lo había visto ya bastante pronunciado en periodistas venidas a más que le disputaban a sus súbditas inferiores hasta los frascos de colonia. Incluso he sabido de subdirectoras que llaman a las marcas para pedir que se les envíe obsequios que han visto en mesas que no son la de su despacho. Ha de ser este acumular objetos, finalmente relegados a tristes cambalaches entre pájaras o regalo caducado a la nuera de turno, la compensación por su conciencia. Y no me refiero a que les pese contribuir al corsé que sigue oprimiendo a muchas tontas que se miden por las revistas y su publicidad encubierta. Ni tampoco que comprendan la repugnancia ética y estética que produce su insistencia en publicar artículos sobre feminismo mientras cooperan en la castración uniformadora de cuerpos y mentes.

Me refiero a la terrible infelicidad de esas mujeres que han de ejercer de sacerdotisas de la belleza infantil y eterna siendo ellas feas y viejas. Y a la cara de tontas que se les debe quedar cuando se dan cuenta de que no son más que una marioneta, la que ha de pasar la gorrilla por los despachos de las firmas de moda que ponen la publicidad. Esas mujeres, jefas de sección, redactoras jefe, subdirectoras, directoras, tienen al alcance todos los medios para emanciparse y emancipar, pero que se manifiestan como convenientes cabezas huecas, sin necesidad alguna de revolverse contra el status quo que las empresas (todas ellas dirigidas por hombres absolutamente ajenos a las servidumbres de la moda) imponen a las más débiles. Con los bolsillos bien llenos, la agenda laboral desbocada y el pastillero atiborrado de antidepresivos y somníferos, puede que sean tan frívolas que no sientan frustración alguna por ejercer de comerciales cuando se han formado para informar. La pena es que tampoco muestran la más mínima empatía con sus reventadas lectoras. Pobres chicas Vogue y pobres chicas Elle y pobres chicas Telva y pobres Cosmopolitan de ayer, hoy y siempre. Si supieran qué piensan de ellas las Cruelas de Vil que las escriben.

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CARTA VIII

MADAME DOE A MR. SMITH: EL PERIODISMO CLON, EL PERIODISMO DE DATOS Y LOS PERIODISTAS DOMESTICADOS

Leo y releo, querido amigo, su última misiva y reconozco que envejezco. El envilecimiento ajeno y expuesto que antes me hubiera hecho reír, hoy me apena. Quizá porque supongo a los otros un afán distinto al de la mera satisfacción material (¿eso que se llamaba vocación?). Qué vacío y qué frustración habría de sentir el joven (o no tanto) periodista obligado a cantar las inmerecidas alabanzas de su jefa. Qué descrédito entre sus iguales y sus futuros empleadores al defender fraudulentamente una marca. Qué vergüenza por la bajeza de la propia debilidad o cobardía. Recuerdo los tiempos en los que obcecarse, llevar la contraria, cuestionar y perseguir al jefe con ideas peregrinas era carta común entre los aspirantes a llamarse periodistas. Hoy todo lo que se busca es complacencia, bajar la cabeza, decir sí a todo. De aquellas glorias solo veo ahora los egos de los muflones que se disputan las páginas de cultura de los periódicos (desafortunadamente, no conozco otras secciones). Muchos hombres pequeños con trabajos que les quedan grandes, expertos en quitarse de encima a compañeras más valiosas que ellos mismos a golpe de machismo. Ay, si pudiera decir nombres… Alguno hasta tendría premios literarios.

Incluso estos, aparentemente defensores de una información de calidad (y, como leemos, más estrictamente interesados en caracolear los volantes de su prosa), forman parte del ejército de hombres y mujeres domesticados que hoy escriben los medios que tan poco se venden. Periodistas convertidos en alcayatas humanas de tanto hacer la genuflexión, que se engañan desde el mismo instante en que abren o no la puerta a según qué asuntos en las páginas de sus publicaciones. Y más allá, si convenimos en que todo, absolutamente todo, es ya política. Seducido por los cohechos y sueldos del periodismo del marketing flojo, el periodista de fin de semana se han convertido hoy en un mero prescriptor de marcas encubiertas en tendencias: esto se lleva, esto no se lleva. Valiente misión para una profesión que nació pobre y heroica. El periodista domesticado es culto, inteligente, listo y cultivado; sabe todo lo que hay que leer, ver y escuchar, domina el arte de la conversación y de la etiqueta de cóctel. Y, sin embargo, no se atreve a utilizar las herramientas que se han dado para explicar y darle sentido a su mundo. Más bien al contrario: anima al consumo desideologizado, desinformado y descontextualizado de todo lo que él disfruta con más o menos consciencia. Es lo que un gran jefe que usted y yo tuvimos llamaba “escribir para la señora de Murcia”. La faltaba la segunda parte del consejo: “la señora de Murcia es imbécil”.

Lo de la señora de Murcia trae cola: tan imbécil la hemos hecho que ya ni se asoma al quiosco. La televisión colma todas sus expectativas de entretenimiento y diversión. Las futuras señoras de Murcia, sus hijas y sus nietas (como siguen siendo imbéciles por herencia, seguiremos aplicando el femenino del ejemplo original), ya han comprobado que lo que se escribe en el periodismo para tontos es un clon de lo que se ve en las webs: corta pega de notas de prensa, artículos foráneos reciclados o reformulación de ideas mil veces expuestas. La originalidad casi siempre colisiona con el ridículo: ahora mismo pasa por mi muro de Facebook un artículo de periodismo del fin de semana sobre qué se siente al sentarse durante ocho horas en una bola gigante de goma (esas del wellness). La idea es peregrina y el resultado no es Foster Wallace: tras la lectura no he sacado absolutamente ninguna conclusión sobre el asunto. A ver si las señoras de Murcia van a ser otras.

No digo yo, aunque se me vea el plumero, que todo lo impreso haya de ser una soflama militante, un panfleto político o un ensayo denso. La ligereza está en el corazón de las revistas para las que escribimos. Sin embargo, entre la ligereza y el vacío media un abismo. Un abismo, es cierto, lleno de lectores: da que pensar que muchas de las diez revistas multiplataforma más exitosas según la revista A-List estén más preocupadas por el cuerpo que por el espíritu. Bon Appetit, Women’s Health, Eat Well, Elle, Esquire, InStyle, Men Fitness… Quedan como alimento del cerebro la falsísima Vice (que viene a ser la Belén Esteban de los magazines) y la impecable New York Magazine, donde sí se produce el feliz encuentro entre cabezas que piensan y escriben no para el uno, sino para el otro. No hay que tener un olfato especialmente desarrollado para advertir el hambre de sentido, de significado y de contexto que tienen las audiencias lectoras en el mundo. Por alguna razón (cobardía, falta de formación, vaciedad personal), los periodistas españoles no saben escribir para el público que les espera sino para el que perdieron. Jamás tuvo una industria que vive tanto del futuro unos mandos tan viejos, anquilosados y caducos.

El asunto del viejerío viene muy bien al caso de la irrupción de ese timo llamado periodismo de datos. Venga masters de su grupo de comunicación afín vendiendo la nueva panacea para el joven aspirante a contador de historias. ¿Cambiamos palabras por cifras? Desde luego: hacen mucho menos daño y sus efectos secundarios duran un suspiro. Publiquemos fichas, facturas, excell, balances, extractos. Pero de nada sirven las cifras si el profesional no está pertrechado por el conocimiento que permita traducirlas. Los números por sí solos jamás podrán satisfacer la necesidad de conocer y entender de un lector de hoy. Pero un periodista de datos siempre será menos peligroso e incómodo que un periodista con todas las palabras en la recámara. Aún no me puedo creer que traten de arrebatárnoslas, aunque el síntoma bien le sirve al diagnóstico de fin de siglo que asiste a nuestra profesión. Si hay que tocar un fondo antes de volver a subir, ese me parece a mí el del periodismo de datos y, otra intrusión de la publicidad en zona noble, el de los contenidos patrocinados.

En una reciente conferencia en Nueva York, los CEO de Condé Nast, Hearst y Time Inc., entre otros, no solo pasaron olímpicamente de la recomendación de la Sociedad Americana de Editores de Revistas para distinguir los contenidos informativos de los publicitarios, sino que defendieron la idea de que ambos deben parecerse aún más. Efectivamente: hubo un tiempo en que las revistas eran escaparate de sueños materiales e inmateriales, escenario de lo más exquisito que podía tocar cuerpo y mente, y los periodistas andábamos a la búsqueda de aquello que más y mejor podía ponerle los dientes largos a nuestros lectores. Hoy funcionan más como un supermercado en el que los mayoristas colocan su producto, previo pago. La prescripción no se realiza en función de una previsible satisfacción, sino debido a que el mayorista paga. No estamos aquí ya ante periodistas sino, como mucho, ante copys. Periodistas domesticados copiando y pegando consignas con la tendencia como coartada. Es que eso ya no se lo traga ni la pobre señora de Murcia, chivo expiatorio de la falta de altura y cobardía de los editores, directores, subdirectores y redactores jefes que, de momento, nos dan de comer.

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