CARTA XI

MR. SMITH A MADAME DOE: LA VERDAD SOBRE PERRAS Y GATAS (O LA CRUZ DEL PERIODISMO DE MODA)

Qué sabe nadie de nuestras conversaciones, madame. Qué poco podrán comprender aquellos que nos contemplan desde la admiración, la curiosidad o el desprecio para que tengan que preguntarse “¿Por qué?”. Entiendo el “¿Quiénes son?”: ponerle biografía o, simplemente, rostro al nombre es la llave que da acceso al ego propio y al ajeno, clave para medirse las pollas, a ver quién mea más lejos; desconocer al que tienes enfrente es origen de inseguridades, que no son sino el reflejo de tus cobardías. Entiendo también el “¿De dónde salen?”: la peripecia existencial del otro ayuda a darle perspectiva a la de uno, a contextualizar, a valorar coyunturas. Es el arte de la guerra, claro. Lo que no alcanzo a entender es que se cuestione nuestra razón de ser. Porque entonces hemos de admitir nuestra derrota. Parafraseando a Madame La Escudero a través suyo, esto es un EPIC FAIL. Y así nos ponemos donde no deberíamos. Ha llegado la hora de las tortas, que diría el superhéroe. De las explicaciones, esto es. Como si a estas alturas del partido no estuviera claro que blogueras de mierda somos todos.

He de confesarle que mi prolongado (y contumaz) silencio ha tenido mucho que ver con esta circunstancia. Por querer saber qué había al otro lado me encontré mirando al vacío y me perdí. No fue tanto la descorazonadora certeza de estar predicando en el desierto, que también, como la triste sensación de haber quedado como chascarrillo, ese chiste más o menos grueso que desternilla a unos e irrita a muchos más (ratificado en el momento en que alguien nos agregó a un grupo titulado Humor en la cuenta del pajareo). Eso y descubrir que se había cumplido la profecía agorera: que se nos iba a querer el Sálvame de las blogueras. Fíjese, amiga, quién ha resultado al final un ingenuo, este pobre cínico, perro viejo apaleado por aquellos a quienes ladra, incapaces de decodificar su aullido de alarma. No es porque se muera la moda, aunque es una manera de decirlo/entenderlo, es porque se nos muere la manera de contarla. Se desangra la información por una fea herida abierta que deja escapar las ideas mientras entra el aire (la nada) que ahueca y todo lo pudre. Usted lo llama el signo de los tiempos, la era del pensamiento débil. Pero si bajamos de las altas atalayas intelectuales a mí solo me parece mercadeo. Nadie tiene ya nada que decir, solo algo que vender (incluso a sí mismo). Somos carne de catálogo. Propaganda. El que todavía pasa por ser el primer diario de este país está preparando un remozado de su sección de Cultura para después del verano. La página de Gente se convertirá en una de Estilo, aumentada los sábados. La única excusa del cambio es publicitaria: servir en bandeja contenidos que atraigan al anunciante (típico). “Lo quieren todo glossy”, me cuenta el PR de una marca a la que ya han ido a pasar la gorra. No se necesitan periodistas para eso; si acaso, comerciales. O simples copys, como le gusta señalar. Con semejante mar de fondo, a algunos de los implicados en el proceso lo único que les interesa es ponerse zancadillas para ver quién va a los desfiles, a los de París mejor que a los de Milán. Entre todos la matamos y ella sola se murió.

Por supuesto, esto va sobre (la) moda porque es lo que nos ha tocado. No puedo hablar por los demás, pero por lo que respecta a un servidor nunca fue eso de “mamá, quiero ser periodista de moda”, como otros han tenido clarísimo desde el principio que lo suyo era la información musical o la deportiva. Yo solo quería ser periodista. Punto. Pero ocurrió que, a ojos de mis superiores, me condicionó mi imagen. No pasa nada, lo tengo muy asumido, y lo llevo a mayor honra, porque yo sí creo que también se hace política con lo que te echas encima (“Nacemos desnudos, el resto es artificial”, que dijera la travesti). “Si quieres medrar aquí tendrías que cambiar de manera de vestir”, me soltaron una vez. “Cambien ustedes la suya”, fue mi respuesta. Pues medré, vaya si medré, pero esa es otra historia. El caso es que aprendí a disfrutar con lo que me tocaba, incluida la moda, esa majadería entonces aun peor valorada que ahora (aunque el valor que se le atribuya hoy no sea sino precio), porque la moda –o mi forma de acercarme a la moda- me permitía el análisis, la crítica, la reflexión sociológica, antropológica, económica, cultural y hasta política. Así comprendí que la moda es el reflejo de la sociedad. Que el largo de una falda es un baremo económico; un crop top, un indicador social; un pantalón, una estrategia política. Y pongo por testigo a Anatole France. Un Nobel de literatura, que a lo mejor tampoco es garantía de nada:

“Si me fuera dado escoger entre la hojarasca de libros que se publicarán los cien años posteriores a mi muerte, ¿sabe usted cuál escogería? No, no es una novela ni un libro de Historia lo que elegiría yo; cuando se narran hechos interesantes todavía no hemos salido de lo novelesco. Simplemente, querido amigo, me limitaría a leer una revista de moda para ver cómo vestirán las mujeres un siglo después de mi muerte. Y sus trapos me dirían más acerca de la futura humanidad que todos los filósofos, novelistas, predicadores y sabios juntos”.

No sé cuántas veces habré tirado de esta cita para explicar por qué, me temo que en balde. Solo espero que al erudito francés no se le haya cumplido el deseo para ahorrarle el bochorno y la vergüenza, y no solo por ver cómo se viste en la actualidad y el mensaje que transmitimos con lo que vestimos. “A la moda solo le interesa la superficie de las cosas. Y por ello está llena de víctimas”, me dice que ha escrito Tanya Gold a propósito del último dislate de la directora de Vogue UK. Retórica, brillante, pero mera retórica, una vez más (sospecho, claro, que la combativa columnista de The Guardian tiene sus propias cuentas pendientes con la moda…). No me extenderé aquí en debatir las virtudes o las faltas de una industria o, como apuntara la mismísima Coco Chanel, un oficio (en el que intervienen diferentes procesos de creación y, por tanto, ligado en parte al ámbito de las ideas), cada vez más infame en su voracidad, porque entonces no acabaríamos nunca. Solo le diré que somos nosotros, hablando, informado de ella, quienes contribuimos a hacerla mejor o peor, trascendente o superficial, seria o ridícula. Según tratamos la moda, así nos retratamos como sociedad. Banalizándola, nos banalizamos. No, claro que no se trata de salvar el planeta ni de curar el cáncer (cantinela cansina), pero a ver si nos enteramos: somos periodistas, se nos han entregado las armas para contar, explicar y darle sentido a nuestro mundo, a nuestra realidad, no sé por qué deberíamos ser menos serios (o más fofos, complacientes, intrascendentes o como guste decirlo) al hablar de la moda. Quienes escriben/informan de arte, música, cine, literatura, deportes y ya no digamos de economía, sociedad y política no lo son (y si lo son, ese será su problema como profesionales). Pero claro, está establecido por convencionalismo que la moda es un asunto insustancial per se, es decir, que no reporta beneficio alguno al conjunto de la sociedad, más allá de su propio valor instrumental y de lo que tiene como mera función, de la que deriva el negocio. De ahí eso que para tantos resulta incomprensible: otorgarle algún tipo de relevancia a una realidad cuyo fin último es la creación de nuevas necesidades de consumo, paradójicamente casi siempre innecesarias. Y ahora que caigan sobre mí todas las teorías conspiranoicas sobre la trama neoliberal.

El argumento de que estos son tiempos banales y que los medios no hacen sino responder al zeitgeist con los contenidos que publican me resulta el colmo del conformismo (no niego el hecho, solo me rebelo contra él, aunque sean molinos de viento); la idea de que los editores que los prescriben y los plumillas que los redactan son reflejo del empobrecimiento de las ideas, inaceptable. La directora de una revista femenina me dijo hace poco que sus lectoras demandan “contenidos light”. Desconozco si su afirmación está cimentada en una encuesta o un estudio de mercado, en la certeza de que para espesuras ya acuden a referencias bibliográficas profundas, pero aquello solo me sonó a disculpa, a no mojarse, a no hacerse cargo, a miedo (también está la cuestión de que en realidad es tan tonta como ella cree que son sus lectoras, pero prefiero no pensarlo). Por descontado, una revista de moda/tendencias/estilo de vida no tiene que ser –o porqué serlo- un ensayo sociológico o un tratado de filosofía, pero tampoco el catálogo de unos grandes almacenes. Supongo que el día (no tan lejano) en que las megacorporaciones descubrieron que sin su inversión publicitaria no íbamos a parte alguna perdimos esa guerra. O la dieron por perdida esos que valoran más sus culos que sus cabezas. Lo peor es que Internet, que tendría que habernos liberado de su opresión, ha resultado la puntilla y el descabello, perpetuando un modelo sumiso a mayor gloria de la vanidad y la vacuidad. El pensamiento inane de la bloguera como medida y valor de la información. Todo por un puñado de bolsos. O un asiento en primera línea de desfile. A ver si va a ser justicia cósmico-poética. Al fin y al cabo, lo del gratis total lo inventamos los periodistas.

Nosotros no tenemos nada que enseñar a nadie, líbrenos Dior, pero sí podemos ayudar a la reflexión, a hacer pensar, si se me permite la licencia socrática. Frustrante empeño ahora que nos vemos reducidos a una simple cuenta de Twitter, agujero negro de la opinión; apenas somos uno de esos perfiles que al parecer proliferan tanto estos días y que hacen mofa, befa y escarnio de los que escriben de moda o hacen alarde de ella, amparándose en el cobarde anonimato. Somos unos trolls, tocapelotas profesionales, que viven de la moda y a los que les gusta tanto odiarla (¡!) que no dudan en cargar contra sus vehículos y matar a sus mensajeros a causa de algún extraño desorden bipolar que evidencia envidia de las estupendas prerrogativas (regalos, viajes, front rows, bla, bla, bla) de nuestros objetivos. Pelea de gatas en lo que alguien -una diseñadora, dicen- definió como un “negocio de perras”. Qué cruz. El antídoto contra todo ello es que no nos lo tomemos tan en serio, o que nos lo tomemos todo lo en serio que corresponda por convención… Por lo que nos atañe especialmente, nos salva que seamos capaces de decir en voz alta lo que muchos en la profesión piensan (pero callan), pero qué mal que señalemos con el dedo porque eso no soluciona nada. Yo le diré lo que no es solución: redundar en sandeces como lo del “negocio de perras”, restarle seriedad/relevancia/compromiso al trabajo que haces (total, si solo le va a interesar a cuatro), agachar la cabeza y callar lo que clama al cielo. Me importa un bledo que nos metan en el mismo saco que a las tales Fashion Arpías (despelleje por el despelleje puro y duro) o a la cuchufleta del S Mofa (la parodia periodística es un clásico y puede ser un arma muy poderosa si está bien traída), lo que me importa, y mucho, es que haya alguien que se pregunte por qué existimos. Sobre todo cuando, al parecer, es alguien del gremio. Pregúntese, señora, qué está haciendo mal y obtendrá nuestro porqué. Lo mejor es que la periodista en cuestión –que lanza su duda a través del consultorio de un portal que es un gran ejemplo del actual todo vale por la pasta- desea permanecer en el anonimato, eso que se nos niega a nosotros, sujetos sin rostro en la era del “but first, let me take a selfie”. Será porque a los supervillanos siempre hay que desenmascararlos…

Un tipo simpático al que conocí en una de esas extrañas reuniones de la moda me preguntó hace un tiempo si esta correspondencia nuestra era de interés para cualquiera ajeno a los dimes y diretes que nos ocupan. Por supuesto que lo es, porque nadie es ajeno a la moda (en especial quienes proclaman no participar de ella) ni a su realidad. Aunque luego cada cual lea lo que quiere leer.

Qué cruz.

CARTA IX

MR. SMITH A MADAME DOE: LA PARÁBOLA DE EVA HARRINGTON

En fin, mi amiga, he dado un paso adelante. Pero un gran paso que si no me ha conducido hasta el cabo me ha hecho conocer, al menos, que estoy en el camino, y ha disipado el miedo que tenía de andar descarriado. Ya ve que recurro al clásico una vez más como coartada para mi intolerable demora en responderle, aunque le juro que ni ha sido por diversión ni por desidia. Al echarme de nuevo a esta senda/selva profesional que tenía casi olvidada (el no horario, la incertidumbre, el papeleo, la competencia, la tan estimulante como falsa sensación de libertad) me he sorprendido produciendo a destajo, obrero especializado, conscientemente mercenario, más incluso que cuando estaba encadenado a la mesa de una redacción. Valiente excusa, parece que la oiga bramar. Si me sabré de memoria sus reproches al respecto: no tenga prisa, no se venda barato, no firme en vano, no alimente al enemigo. Siento terriblemente si la defraudo, madame, pero me pueden la acción y el oficio y la idea algo peregrina de que es desde dentro como mejor se combate la tontería informativa en la que estamos instalados. Quizá sea poco conformarse con enviar a un lector o a una lectora (compradores/consumidores de publicaciones sería lo adecuado) a los brazos de Adorno, a googlear a la Pollitt o a leer a De la Mare, por ejemplo. Si acaso, a mí me basta… Aunque en mi cabeza no deje de sonar en bucle la copla de aquellos otros clásicos: pero qué público más tonto tengo.

La distancia me ha ayudado a poner en perspectiva mi recién estrenada coyuntura laboral, pero también la situación de nuestro negociado. Han sido tres viajes de trabajo de una esquina del mundo a la otra en algo más de un mes, que se cuentan pronto, y todos muy ilustrativos. La compañía en mi primer periplo resultó tan deplorable que mi arranque inicial pasaba por hacerle la típica composición holocáustica de lugar con sus ironías facilonas a cuenta de la necedad del otro, hasta que una escapada exprés pero confortadora para ver a Madame La Supreme –que por suerte reside cerca de donde me encontraba- me ayudó a enfriar el ánimo y reflexionar: la culpa no es del informador enviado (no puedo decir periodista porque no sé cuántos lo eran en aquella troupe de estilistas y blogueras), sino de quien lo envía. Y aquí debería comenzar mi azote contra la inutilidad de las oficinas de prensa de la mayoría de las marcas y la lerdez contumaz de sus PRs -sin generalizar, ojo-, huérfanos del criterio adoptados por la inane apisonadora del marketing y la publicidad (“Solo invitamos a las directoras de moda, pero te mando toda la información porque nos gustaría que escribieras algo en el diario”, me soltó una vez con todo el papo el jefe de prensa de una firma de lujo que pretendía que cubriera su evento neoyorquino desde la oficina a golpe de corta-pega de comunicados), pero también contra aquellos responsables de periódicos y revistas que hacen de la información un medio para sus fines económicos (si no se manda a un periodista a hacer el trabajo de un estilista, ¿por qué se envía a un estilista para acometer la labor de un periodista? Ya sabemos la respuesta, evidentment). Déjeme sin embargo que reserve los latigazos por el momento, madame, porque hay otra cuestión, si bien relacionada, que me resulta más acuciante.

De mi segundo viaje solo le diré que agradecí la soledad, aunque al final no pude evitar confraternizar con el otro periodista involucrado, un apache francés que al tercer tequila se destapó fanático del Deprisa, deprisa de Carlos Saura y de Los Chunguitos, con resultados de karaokismo delirante en distintos antrazos. Fue en el tercero, durante una de esas cenas que hacen extraños compañeros de mesa, cuando todo se precipitó. “¿Alguno de vosotros tiene un blog?”, saltó alguien de repente. Uno, que como el diablo solo se manifiesta cuando puede sacar tajada de la situación, no tardó en capitalizar el giro que tomó entonces la conversación, que fue haciendo discurrir a conveniencia. Las conclusiones no pudieron ser más demoledoras: no hay periodistas –al menos parece que no los suficientes- para informar con oficio de los aconteceres de la moda. Por eso se recurre a la bloguera. O, peor, a la tuitera (la tuitera que resulta ser bloguera, en realidad). Palabra de los tres distinguidos colegas con poderes (un director, un redactor jefe y un director de moda) que compartían mantel, y que no pongo en duda. Así que la bloguera resuelta y la tuitera ocurrente (“Es que esa hace unos comentarios muy graciosos”, dijo el director) llenan –rellenan- ahora las muchas páginas inevitablemente vacías de nuestros medios de comunicación. Porque no hay periodistas, ya ve usted.

Vive Dior que ni me quejo de intrusismo ni estoy clamando por la oficialidad, que un título expedido por una universidad ni hace profesión (cuántos grandes de la información conocemos que no han acabado o siquiera han cursado tan maltratada carrera) ni mucho menos garantiza la profesionalidad. Abogo por ese valor tan anticuado que ya he repetido antes: el oficio. Reclamo el criterio, el análisis, el preguntar antes de disparar, el savoir faire. No recuerdo quién lo dijo: tener oficio es saber hacer, tener vocación es ser llamado (un concepto de origen religioso). Lástima que el ser llamado no equivalga siempre a saber hacer. Me viene a la memoria el consejo de Rilke al joven poeta que enviaba sus versos a las revistas y no se los publicaban, y creo que con él está todo dicho:

 “Pregúntese por qué quiere escribir. Pregúntese si puede vivir sin escribir. Si su necesidad de escribir es imperiosa y surge de lo más profundo de su corazón, ¿qué le importa lo demás? Construya su vida en función de esa necesidad, aunque tenga que trabajar en otra cosa, y escriba en la más completa soledad”.

No, no todo sirve para ser publicado. Las florituras de un blog y los sarcasmos de un tuit, espuma de la literatura, que se queden en su sitio. Tampoco le digo que a veces no funcione el trasvase (una entre cuántas), pero no acepto pulpo como solución. Y menos después de confirmar su mecanismo: el peloteo bajuno y reiterado de blogueras y tuiteras, palmeros interesados que esperan arrobar de éxtasis con sus lametones los culos del poder. El director a la mesa en cuestión, todo candor y bonhomía (sin ironías, no conozco a nadie más charmant que él en este negociado), aseguró no darse cuenta de la maniobra; el director de moda, perspicaz y honestamente brutal (tanto como para considerarse sin complejos uno de esos “periodistas domesticados” que, ya puestos, también aireé el tema), se encargó de sacarlo del limbo. Tengo que decirlo: Monsieur García es muy grande.

 La culpa, volvemos a la reflexión inicial, no es del palmero, sino de quien baila al son de sus palmas. Quien más y quien menos ha sufrido a la Eva Harrington de turno; acuérdese de aquella plantita trepadora que nos rondaba y hasta se personaba en la redacción –de aquella no había Twitter, mire si seremos vintage– para jalearnos. Entonces ladraba al árbol equivocado, que diría el inglés, pero ahí lo tiene, convertido en referente editorial internacional (pa’los huevos suyos, pero oiga, que yo me alegro por él, y allá cada cual con su conciencia). También podría referirle esa otra garrapata, que usted ha tratado más que yo, que se ha agenciado un cargo jactándose de “saber manipular los sentimientos” –y no le doy mayor detalle porque me vienen arcadas- de la que hoy es su empleadora. Pues abróchese el cinturón y cuídese ahora de la Eva Harrington 2.0 y su altavoz social, arma de seducción de egos masiva por un puñado de bolsos. Lo peor de todo es que esto vuelve a decir mucho (o sea, muy poco) del valor de la moda como información, esa cosa tan frívola y tan tonta que cualquiera puede contar.

Verá, madame, que se lo he puesto en bandeja. Confío en que lo que le cuento la haya irritado tanto que su próxima misiva sea fuego. Ardo de expectación, tanto que yo también estoy a punto de gritar: ¡¡¡Balenciaga!!!

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