CARTA XI

MR. SMITH A MADAME DOE: LA VERDAD SOBRE PERRAS Y GATAS (O LA CRUZ DEL PERIODISMO DE MODA)

Qué sabe nadie de nuestras conversaciones, madame. Qué poco podrán comprender aquellos que nos contemplan desde la admiración, la curiosidad o el desprecio para que tengan que preguntarse “¿Por qué?”. Entiendo el “¿Quiénes son?”: ponerle biografía o, simplemente, rostro al nombre es la llave que da acceso al ego propio y al ajeno, clave para medirse las pollas, a ver quién mea más lejos; desconocer al que tienes enfrente es origen de inseguridades, que no son sino el reflejo de tus cobardías. Entiendo también el “¿De dónde salen?”: la peripecia existencial del otro ayuda a darle perspectiva a la de uno, a contextualizar, a valorar coyunturas. Es el arte de la guerra, claro. Lo que no alcanzo a entender es que se cuestione nuestra razón de ser. Porque entonces hemos de admitir nuestra derrota. Parafraseando a Madame La Escudero a través suyo, esto es un EPIC FAIL. Y así nos ponemos donde no deberíamos. Ha llegado la hora de las tortas, que diría el superhéroe. De las explicaciones, esto es. Como si a estas alturas del partido no estuviera claro que blogueras de mierda somos todos.

He de confesarle que mi prolongado (y contumaz) silencio ha tenido mucho que ver con esta circunstancia. Por querer saber qué había al otro lado me encontré mirando al vacío y me perdí. No fue tanto la descorazonadora certeza de estar predicando en el desierto, que también, como la triste sensación de haber quedado como chascarrillo, ese chiste más o menos grueso que desternilla a unos e irrita a muchos más (ratificado en el momento en que alguien nos agregó a un grupo titulado Humor en la cuenta del pajareo). Eso y descubrir que se había cumplido la profecía agorera: que se nos iba a querer el Sálvame de las blogueras. Fíjese, amiga, quién ha resultado al final un ingenuo, este pobre cínico, perro viejo apaleado por aquellos a quienes ladra, incapaces de decodificar su aullido de alarma. No es porque se muera la moda, aunque es una manera de decirlo/entenderlo, es porque se nos muere la manera de contarla. Se desangra la información por una fea herida abierta que deja escapar las ideas mientras entra el aire (la nada) que ahueca y todo lo pudre. Usted lo llama el signo de los tiempos, la era del pensamiento débil. Pero si bajamos de las altas atalayas intelectuales a mí solo me parece mercadeo. Nadie tiene ya nada que decir, solo algo que vender (incluso a sí mismo). Somos carne de catálogo. Propaganda. El que todavía pasa por ser el primer diario de este país está preparando un remozado de su sección de Cultura para después del verano. La página de Gente se convertirá en una de Estilo, aumentada los sábados. La única excusa del cambio es publicitaria: servir en bandeja contenidos que atraigan al anunciante (típico). “Lo quieren todo glossy”, me cuenta el PR de una marca a la que ya han ido a pasar la gorra. No se necesitan periodistas para eso; si acaso, comerciales. O simples copys, como le gusta señalar. Con semejante mar de fondo, a algunos de los implicados en el proceso lo único que les interesa es ponerse zancadillas para ver quién va a los desfiles, a los de París mejor que a los de Milán. Entre todos la matamos y ella sola se murió.

Por supuesto, esto va sobre (la) moda porque es lo que nos ha tocado. No puedo hablar por los demás, pero por lo que respecta a un servidor nunca fue eso de “mamá, quiero ser periodista de moda”, como otros han tenido clarísimo desde el principio que lo suyo era la información musical o la deportiva. Yo solo quería ser periodista. Punto. Pero ocurrió que, a ojos de mis superiores, me condicionó mi imagen. No pasa nada, lo tengo muy asumido, y lo llevo a mayor honra, porque yo sí creo que también se hace política con lo que te echas encima (“Nacemos desnudos, el resto es artificial”, que dijera la travesti). “Si quieres medrar aquí tendrías que cambiar de manera de vestir”, me soltaron una vez. “Cambien ustedes la suya”, fue mi respuesta. Pues medré, vaya si medré, pero esa es otra historia. El caso es que aprendí a disfrutar con lo que me tocaba, incluida la moda, esa majadería entonces aun peor valorada que ahora (aunque el valor que se le atribuya hoy no sea sino precio), porque la moda –o mi forma de acercarme a la moda- me permitía el análisis, la crítica, la reflexión sociológica, antropológica, económica, cultural y hasta política. Así comprendí que la moda es el reflejo de la sociedad. Que el largo de una falda es un baremo económico; un crop top, un indicador social; un pantalón, una estrategia política. Y pongo por testigo a Anatole France. Un Nobel de literatura, que a lo mejor tampoco es garantía de nada:

“Si me fuera dado escoger entre la hojarasca de libros que se publicarán los cien años posteriores a mi muerte, ¿sabe usted cuál escogería? No, no es una novela ni un libro de Historia lo que elegiría yo; cuando se narran hechos interesantes todavía no hemos salido de lo novelesco. Simplemente, querido amigo, me limitaría a leer una revista de moda para ver cómo vestirán las mujeres un siglo después de mi muerte. Y sus trapos me dirían más acerca de la futura humanidad que todos los filósofos, novelistas, predicadores y sabios juntos”.

No sé cuántas veces habré tirado de esta cita para explicar por qué, me temo que en balde. Solo espero que al erudito francés no se le haya cumplido el deseo para ahorrarle el bochorno y la vergüenza, y no solo por ver cómo se viste en la actualidad y el mensaje que transmitimos con lo que vestimos. “A la moda solo le interesa la superficie de las cosas. Y por ello está llena de víctimas”, me dice que ha escrito Tanya Gold a propósito del último dislate de la directora de Vogue UK. Retórica, brillante, pero mera retórica, una vez más (sospecho, claro, que la combativa columnista de The Guardian tiene sus propias cuentas pendientes con la moda…). No me extenderé aquí en debatir las virtudes o las faltas de una industria o, como apuntara la mismísima Coco Chanel, un oficio (en el que intervienen diferentes procesos de creación y, por tanto, ligado en parte al ámbito de las ideas), cada vez más infame en su voracidad, porque entonces no acabaríamos nunca. Solo le diré que somos nosotros, hablando, informado de ella, quienes contribuimos a hacerla mejor o peor, trascendente o superficial, seria o ridícula. Según tratamos la moda, así nos retratamos como sociedad. Banalizándola, nos banalizamos. No, claro que no se trata de salvar el planeta ni de curar el cáncer (cantinela cansina), pero a ver si nos enteramos: somos periodistas, se nos han entregado las armas para contar, explicar y darle sentido a nuestro mundo, a nuestra realidad, no sé por qué deberíamos ser menos serios (o más fofos, complacientes, intrascendentes o como guste decirlo) al hablar de la moda. Quienes escriben/informan de arte, música, cine, literatura, deportes y ya no digamos de economía, sociedad y política no lo son (y si lo son, ese será su problema como profesionales). Pero claro, está establecido por convencionalismo que la moda es un asunto insustancial per se, es decir, que no reporta beneficio alguno al conjunto de la sociedad, más allá de su propio valor instrumental y de lo que tiene como mera función, de la que deriva el negocio. De ahí eso que para tantos resulta incomprensible: otorgarle algún tipo de relevancia a una realidad cuyo fin último es la creación de nuevas necesidades de consumo, paradójicamente casi siempre innecesarias. Y ahora que caigan sobre mí todas las teorías conspiranoicas sobre la trama neoliberal.

El argumento de que estos son tiempos banales y que los medios no hacen sino responder al zeitgeist con los contenidos que publican me resulta el colmo del conformismo (no niego el hecho, solo me rebelo contra él, aunque sean molinos de viento); la idea de que los editores que los prescriben y los plumillas que los redactan son reflejo del empobrecimiento de las ideas, inaceptable. La directora de una revista femenina me dijo hace poco que sus lectoras demandan “contenidos light”. Desconozco si su afirmación está cimentada en una encuesta o un estudio de mercado, en la certeza de que para espesuras ya acuden a referencias bibliográficas profundas, pero aquello solo me sonó a disculpa, a no mojarse, a no hacerse cargo, a miedo (también está la cuestión de que en realidad es tan tonta como ella cree que son sus lectoras, pero prefiero no pensarlo). Por descontado, una revista de moda/tendencias/estilo de vida no tiene que ser –o porqué serlo- un ensayo sociológico o un tratado de filosofía, pero tampoco el catálogo de unos grandes almacenes. Supongo que el día (no tan lejano) en que las megacorporaciones descubrieron que sin su inversión publicitaria no íbamos a parte alguna perdimos esa guerra. O la dieron por perdida esos que valoran más sus culos que sus cabezas. Lo peor es que Internet, que tendría que habernos liberado de su opresión, ha resultado la puntilla y el descabello, perpetuando un modelo sumiso a mayor gloria de la vanidad y la vacuidad. El pensamiento inane de la bloguera como medida y valor de la información. Todo por un puñado de bolsos. O un asiento en primera línea de desfile. A ver si va a ser justicia cósmico-poética. Al fin y al cabo, lo del gratis total lo inventamos los periodistas.

Nosotros no tenemos nada que enseñar a nadie, líbrenos Dior, pero sí podemos ayudar a la reflexión, a hacer pensar, si se me permite la licencia socrática. Frustrante empeño ahora que nos vemos reducidos a una simple cuenta de Twitter, agujero negro de la opinión; apenas somos uno de esos perfiles que al parecer proliferan tanto estos días y que hacen mofa, befa y escarnio de los que escriben de moda o hacen alarde de ella, amparándose en el cobarde anonimato. Somos unos trolls, tocapelotas profesionales, que viven de la moda y a los que les gusta tanto odiarla (¡!) que no dudan en cargar contra sus vehículos y matar a sus mensajeros a causa de algún extraño desorden bipolar que evidencia envidia de las estupendas prerrogativas (regalos, viajes, front rows, bla, bla, bla) de nuestros objetivos. Pelea de gatas en lo que alguien -una diseñadora, dicen- definió como un “negocio de perras”. Qué cruz. El antídoto contra todo ello es que no nos lo tomemos tan en serio, o que nos lo tomemos todo lo en serio que corresponda por convención… Por lo que nos atañe especialmente, nos salva que seamos capaces de decir en voz alta lo que muchos en la profesión piensan (pero callan), pero qué mal que señalemos con el dedo porque eso no soluciona nada. Yo le diré lo que no es solución: redundar en sandeces como lo del “negocio de perras”, restarle seriedad/relevancia/compromiso al trabajo que haces (total, si solo le va a interesar a cuatro), agachar la cabeza y callar lo que clama al cielo. Me importa un bledo que nos metan en el mismo saco que a las tales Fashion Arpías (despelleje por el despelleje puro y duro) o a la cuchufleta del S Mofa (la parodia periodística es un clásico y puede ser un arma muy poderosa si está bien traída), lo que me importa, y mucho, es que haya alguien que se pregunte por qué existimos. Sobre todo cuando, al parecer, es alguien del gremio. Pregúntese, señora, qué está haciendo mal y obtendrá nuestro porqué. Lo mejor es que la periodista en cuestión –que lanza su duda a través del consultorio de un portal que es un gran ejemplo del actual todo vale por la pasta- desea permanecer en el anonimato, eso que se nos niega a nosotros, sujetos sin rostro en la era del “but first, let me take a selfie”. Será porque a los supervillanos siempre hay que desenmascararlos…

Un tipo simpático al que conocí en una de esas extrañas reuniones de la moda me preguntó hace un tiempo si esta correspondencia nuestra era de interés para cualquiera ajeno a los dimes y diretes que nos ocupan. Por supuesto que lo es, porque nadie es ajeno a la moda (en especial quienes proclaman no participar de ella) ni a su realidad. Aunque luego cada cual lea lo que quiere leer.

Qué cruz.

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CARTA X

MADAME DOE A MR. SMITH: ES EL FIN DE LA LA MODA TAL Y COMO LA CONOCÍAMOS AND I FEEL FINE

Le confieso, aún amigo, que en algún momento dudé de si me recuperaría de su grosero uso del verbo bramar aplicado a esta que, de momento, escribe. Durante algún tiempo sopesé la oportunidad de perderme en la campiña que me acoge, lugar inhóspito y solitario donde no cabe ni empolvarse el pelo ni usar miriñaque, pero donde sin duda una puede bramar a placer. Puede que sea esta soledad estoica la que me esté asilvestrando las opiniones. Quizá sea cierto que contribuyo ciegamente a esa berrea antisistema de la red social que no va a ningún sitio. Acaso me estoy dejando llevar por el alivio fácil de la propia frustración laboral. Le he dedicado algunos kilómetros de mis paseos (quién estuviera en Suiza) a esta cuestión y, valoradas las explicaciones, he concluido que, aunque todas son ciertas, no alcanzan a explicar mi cansino griterío. Es la edad, tonta, la edad.

Han de ser los años, viejo amigo, los que ahora hacen que me enrabiete la moda, las revistas, las fashion weeks y todo el fashion system que se desmorona. Han de ser los años, y esta revelación ha terminado por apagar mis gritos que, efectivamente, no vienen a cuento. Me doy cuenta, tonta de mí, de cómo los destinatarios de mis enojos (los que diseñan, los que escriben, los que leen y los que compran) responden perfectísimamente al espíritu de estos tiempos flojos, fofos, complacientes. Los destinatarios de los mensajes del negocio de la moda no son ya las élites ilustradas, sino una minoría groseramente rica e ignorante que necesita alardear de estatus y la pandilla global de eternos y glotones wannabes adolescentes que no saben (ni quieren saber) en qué mundo viven.

Se escandaliza el mundo porque Thylane Blondeau, de 12 años, protagoniza la portada de Jalouse. ¿Pero acaso no es la audiencia de la moda cada vez más niña, y no solo de edad? ¿No contribuye la industria a un tipo de mujer no solo físicamente infantilizada sino intelectualmente subdesarrollada? ¿No cultiva un escapismo facilón tan perjudicial para la salud mental como las grasas trans de un BigMac? (El asunto de la salud mental de la gente de la moda merece un Documentos TV. Cuánta gente infeliz, rota por dentro y recauchutada por fuera, he conocido yo en el negocio de las revistas de moda. Daba miedo verlas y más terror escucharlas). ¿Quién no se ha dado cuenta de que las sillas que prologan al front row de cada fashion week están llenas de inconscientes adultescentes cómicamente disfrazados que, respirando estos tiempos, no cumplen 15 mentalmente hablando?

Leo las declaraciones de uno de estos jóvenes, de uno con poder: el diseñador de Balmain  Olivier Rousteing (veintitantos). Efectivamente, si hemos de pensar y vestir ideas a medio cocer, que sean estas verdaderas y no verosímiles. Que nos vista un adolescente. Dice el tal joven en toda su comercial inocencia y ausencia de integridad: “Cuando leo una mala crítica, pienso: ‘¡Ojalá no afecte a las ventas!'”. Así radiografía lo evidente: “Mi generación entiende la moda como un fast food. Un día se lleva una tendencia y, al día siguiente, se desecha”. Su interlocutor natural es, debe ser, alguien tipo Miranda Makaroff, autora de la siguiente declaración: “Yo vivo cada día como si fuera una peli. Un día me visto de garçon, otro de pin-up, otro rollo Spice Girls –aunque menos, porque a mi novio no le gusta–”. No yo.

Se preguntaba Karl Lagerfeld en una reciente entrevista en The Guardian: “Dime, ¿porque los viejos jóvenes diseñadores, esos que ahora están en los cuarentaitantos, rediseñan los 60 y los 70? ¿Por qué no crean la moda de este tiempo?”. Está claro: a nadie le importa un pimiento. El mismo timo descansa al fondo de lo que compres en Bond Street o en un megazoco de Shanghai. Lo importante es que hoy tengo uno y mañana, otro. El destino del ser humano consumidor (el único adjetivo el mercado permite al que de él participa) es acumular, y a eso se dedica con bulímica fruición en estos tiempos líquidos, hipermodernos, vacíos, insustanciales, narcisos, en construcción. Es absurdo pedirle a esta zona gris de la Historia reciente una genialidad tipo Vionnet, Dior o Courrèges. Sus diseños se alimentaban de la revolución de las costumbres y el cambio social, algo impensable hoy. Estamos estancados, y todo lo que hay es agua sucia. Con mucho bling bling, pero agua sucia. Por eso no caben los reproches más allá de este lamento. No se le puede pedir a un negocio creativo más fidelidad que la que encadena al propio zeitgeist y, en ese sentido, nada hay que reprocharle ni a la moda ni a las revistas ni a tantas otras manifestaciones del impulso creativo humano. Algo habrá, probablemente, en barbecho, pero habrá que sobrevivir a este impass que dura ya demasiado.

Se puede, eso sí, desacralizar ciertos templos del negocio de la moda y tener al menos la decencia de llamar a las cosas por su nombre. Me da mucha risa que las directoras y demás mujeres con título de las revistas sigan invistiéndose de la mística del Periodismo, aludiendo constantemente a él, arrogándoselo. Me niego a considerarlas (o que se consideren) periodistas, cuando lo cierto es que hoy ejercen cada vez más abiertamente de mercachifles. En un artículo contra Alexandra Shulman, la directora de Vogue UK, en The Guardian, Tanya Gold engloba a toda la fuerza laboral de las revistas de moda en el negocio de la venta. Como Gold, yo también creo que debemos empezar a reclamar nuestra categoría profesional y a despojar de ella a los que no la ejerzan antes de que terminen de vaciarla del poco contenido que ya le queda. “Si la moda es tu principal modo de expresión”, le escribe Gold a Shulman, “lo único que me produces es pena, porque las mujeres tienen hoy a su alcance formas más nobles de expresión”. Y es cierto. No cabe ya enorgullecerse de trabajar en una revista de moda. Más bien al contrario: cabe la vergüenza de contribuir a una ya insostenible ceguera colectiva. “¿Acaso es una coincidencia que las más ávidas consumidoras de alta costura sean las mujeres de los tiranos de Oriente Medio?”, continúa Gold. “A la moda sólo le interesa la superficie de las cosas. Y por ello está llena de víctimas”.

Al otro extremo del Atlántico, Anna Wintour, más lista que la bocachancla británica, ya está en pleno proceso de desacralizar su cabecera abriéndola a gordas (Lena Dunham) y ordinarias (Kim Kardashian). Cual no será la avidez de esta mujer (y cuán grande ha de ser el vacío que carga), que es capaz de tragarse todo su clasismo para sentar a su mesa precisamente lo que la moda más detesta: la feísima realidad. Aunque esté terriblemente photoshopeada, otra maniobra que ya no aguantan mujeres jóvenes como Lorde y Emma Watson, cansadas de denunciar en sus redes sociales esta costumbre “peligrosamente insana” (Watson). Se alarmaba Lagerfeld de cómo las muertas de hambre de la moda se disputaron el decorado de supermercado de Chanel (otra dentellada de la realidad). “Vi en un vídeo cómo los guardaespaldas tuvieron que sacar de sus bolsos todo lo que se llevaban. No esperaba algo así de la gente que suele venir a mis desfiles”. El saqueo, debidamente comentado en nuestras extensiones sociales, es un fuera máscaras de las que tienen que servir en las revistas de moda incluidas las superjefas, sirvientas al fin y al cabo de sus editores y de las marcas.

Se leía mucha miseria, mucho esnobismo pobre y mucha falta de vergüenza en ese desvalijar el decorado. Me recordó a las bandadas de niños rumanos que durante una temporada amenazaron restaurantes y calles populosas. Claro que estos pasan otro tipo de hambre que justifica más cualquier tipo de desvarío antisocial. Este síndrome de la urraca lo había visto ya bastante pronunciado en periodistas venidas a más que le disputaban a sus súbditas inferiores hasta los frascos de colonia. Incluso he sabido de subdirectoras que llaman a las marcas para pedir que se les envíe obsequios que han visto en mesas que no son la de su despacho. Ha de ser este acumular objetos, finalmente relegados a tristes cambalaches entre pájaras o regalo caducado a la nuera de turno, la compensación por su conciencia. Y no me refiero a que les pese contribuir al corsé que sigue oprimiendo a muchas tontas que se miden por las revistas y su publicidad encubierta. Ni tampoco que comprendan la repugnancia ética y estética que produce su insistencia en publicar artículos sobre feminismo mientras cooperan en la castración uniformadora de cuerpos y mentes.

Me refiero a la terrible infelicidad de esas mujeres que han de ejercer de sacerdotisas de la belleza infantil y eterna siendo ellas feas y viejas. Y a la cara de tontas que se les debe quedar cuando se dan cuenta de que no son más que una marioneta, la que ha de pasar la gorrilla por los despachos de las firmas de moda que ponen la publicidad. Esas mujeres, jefas de sección, redactoras jefe, subdirectoras, directoras, tienen al alcance todos los medios para emanciparse y emancipar, pero que se manifiestan como convenientes cabezas huecas, sin necesidad alguna de revolverse contra el status quo que las empresas (todas ellas dirigidas por hombres absolutamente ajenos a las servidumbres de la moda) imponen a las más débiles. Con los bolsillos bien llenos, la agenda laboral desbocada y el pastillero atiborrado de antidepresivos y somníferos, puede que sean tan frívolas que no sientan frustración alguna por ejercer de comerciales cuando se han formado para informar. La pena es que tampoco muestran la más mínima empatía con sus reventadas lectoras. Pobres chicas Vogue y pobres chicas Elle y pobres chicas Telva y pobres Cosmopolitan de ayer, hoy y siempre. Si supieran qué piensan de ellas las Cruelas de Vil que las escriben.

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CARTA IX

MR. SMITH A MADAME DOE: LA PARÁBOLA DE EVA HARRINGTON

En fin, mi amiga, he dado un paso adelante. Pero un gran paso que si no me ha conducido hasta el cabo me ha hecho conocer, al menos, que estoy en el camino, y ha disipado el miedo que tenía de andar descarriado. Ya ve que recurro al clásico una vez más como coartada para mi intolerable demora en responderle, aunque le juro que ni ha sido por diversión ni por desidia. Al echarme de nuevo a esta senda/selva profesional que tenía casi olvidada (el no horario, la incertidumbre, el papeleo, la competencia, la tan estimulante como falsa sensación de libertad) me he sorprendido produciendo a destajo, obrero especializado, conscientemente mercenario, más incluso que cuando estaba encadenado a la mesa de una redacción. Valiente excusa, parece que la oiga bramar. Si me sabré de memoria sus reproches al respecto: no tenga prisa, no se venda barato, no firme en vano, no alimente al enemigo. Siento terriblemente si la defraudo, madame, pero me pueden la acción y el oficio y la idea algo peregrina de que es desde dentro como mejor se combate la tontería informativa en la que estamos instalados. Quizá sea poco conformarse con enviar a un lector o a una lectora (compradores/consumidores de publicaciones sería lo adecuado) a los brazos de Adorno, a googlear a la Pollitt o a leer a De la Mare, por ejemplo. Si acaso, a mí me basta… Aunque en mi cabeza no deje de sonar en bucle la copla de aquellos otros clásicos: pero qué público más tonto tengo.

La distancia me ha ayudado a poner en perspectiva mi recién estrenada coyuntura laboral, pero también la situación de nuestro negociado. Han sido tres viajes de trabajo de una esquina del mundo a la otra en algo más de un mes, que se cuentan pronto, y todos muy ilustrativos. La compañía en mi primer periplo resultó tan deplorable que mi arranque inicial pasaba por hacerle la típica composición holocáustica de lugar con sus ironías facilonas a cuenta de la necedad del otro, hasta que una escapada exprés pero confortadora para ver a Madame La Supreme –que por suerte reside cerca de donde me encontraba- me ayudó a enfriar el ánimo y reflexionar: la culpa no es del informador enviado (no puedo decir periodista porque no sé cuántos lo eran en aquella troupe de estilistas y blogueras), sino de quien lo envía. Y aquí debería comenzar mi azote contra la inutilidad de las oficinas de prensa de la mayoría de las marcas y la lerdez contumaz de sus PRs -sin generalizar, ojo-, huérfanos del criterio adoptados por la inane apisonadora del marketing y la publicidad (“Solo invitamos a las directoras de moda, pero te mando toda la información porque nos gustaría que escribieras algo en el diario”, me soltó una vez con todo el papo el jefe de prensa de una firma de lujo que pretendía que cubriera su evento neoyorquino desde la oficina a golpe de corta-pega de comunicados), pero también contra aquellos responsables de periódicos y revistas que hacen de la información un medio para sus fines económicos (si no se manda a un periodista a hacer el trabajo de un estilista, ¿por qué se envía a un estilista para acometer la labor de un periodista? Ya sabemos la respuesta, evidentment). Déjeme sin embargo que reserve los latigazos por el momento, madame, porque hay otra cuestión, si bien relacionada, que me resulta más acuciante.

De mi segundo viaje solo le diré que agradecí la soledad, aunque al final no pude evitar confraternizar con el otro periodista involucrado, un apache francés que al tercer tequila se destapó fanático del Deprisa, deprisa de Carlos Saura y de Los Chunguitos, con resultados de karaokismo delirante en distintos antrazos. Fue en el tercero, durante una de esas cenas que hacen extraños compañeros de mesa, cuando todo se precipitó. “¿Alguno de vosotros tiene un blog?”, saltó alguien de repente. Uno, que como el diablo solo se manifiesta cuando puede sacar tajada de la situación, no tardó en capitalizar el giro que tomó entonces la conversación, que fue haciendo discurrir a conveniencia. Las conclusiones no pudieron ser más demoledoras: no hay periodistas –al menos parece que no los suficientes- para informar con oficio de los aconteceres de la moda. Por eso se recurre a la bloguera. O, peor, a la tuitera (la tuitera que resulta ser bloguera, en realidad). Palabra de los tres distinguidos colegas con poderes (un director, un redactor jefe y un director de moda) que compartían mantel, y que no pongo en duda. Así que la bloguera resuelta y la tuitera ocurrente (“Es que esa hace unos comentarios muy graciosos”, dijo el director) llenan –rellenan- ahora las muchas páginas inevitablemente vacías de nuestros medios de comunicación. Porque no hay periodistas, ya ve usted.

Vive Dior que ni me quejo de intrusismo ni estoy clamando por la oficialidad, que un título expedido por una universidad ni hace profesión (cuántos grandes de la información conocemos que no han acabado o siquiera han cursado tan maltratada carrera) ni mucho menos garantiza la profesionalidad. Abogo por ese valor tan anticuado que ya he repetido antes: el oficio. Reclamo el criterio, el análisis, el preguntar antes de disparar, el savoir faire. No recuerdo quién lo dijo: tener oficio es saber hacer, tener vocación es ser llamado (un concepto de origen religioso). Lástima que el ser llamado no equivalga siempre a saber hacer. Me viene a la memoria el consejo de Rilke al joven poeta que enviaba sus versos a las revistas y no se los publicaban, y creo que con él está todo dicho:

 “Pregúntese por qué quiere escribir. Pregúntese si puede vivir sin escribir. Si su necesidad de escribir es imperiosa y surge de lo más profundo de su corazón, ¿qué le importa lo demás? Construya su vida en función de esa necesidad, aunque tenga que trabajar en otra cosa, y escriba en la más completa soledad”.

No, no todo sirve para ser publicado. Las florituras de un blog y los sarcasmos de un tuit, espuma de la literatura, que se queden en su sitio. Tampoco le digo que a veces no funcione el trasvase (una entre cuántas), pero no acepto pulpo como solución. Y menos después de confirmar su mecanismo: el peloteo bajuno y reiterado de blogueras y tuiteras, palmeros interesados que esperan arrobar de éxtasis con sus lametones los culos del poder. El director a la mesa en cuestión, todo candor y bonhomía (sin ironías, no conozco a nadie más charmant que él en este negociado), aseguró no darse cuenta de la maniobra; el director de moda, perspicaz y honestamente brutal (tanto como para considerarse sin complejos uno de esos “periodistas domesticados” que, ya puestos, también aireé el tema), se encargó de sacarlo del limbo. Tengo que decirlo: Monsieur García es muy grande.

 La culpa, volvemos a la reflexión inicial, no es del palmero, sino de quien baila al son de sus palmas. Quien más y quien menos ha sufrido a la Eva Harrington de turno; acuérdese de aquella plantita trepadora que nos rondaba y hasta se personaba en la redacción –de aquella no había Twitter, mire si seremos vintage– para jalearnos. Entonces ladraba al árbol equivocado, que diría el inglés, pero ahí lo tiene, convertido en referente editorial internacional (pa’los huevos suyos, pero oiga, que yo me alegro por él, y allá cada cual con su conciencia). También podría referirle esa otra garrapata, que usted ha tratado más que yo, que se ha agenciado un cargo jactándose de “saber manipular los sentimientos” –y no le doy mayor detalle porque me vienen arcadas- de la que hoy es su empleadora. Pues abróchese el cinturón y cuídese ahora de la Eva Harrington 2.0 y su altavoz social, arma de seducción de egos masiva por un puñado de bolsos. Lo peor de todo es que esto vuelve a decir mucho (o sea, muy poco) del valor de la moda como información, esa cosa tan frívola y tan tonta que cualquiera puede contar.

Verá, madame, que se lo he puesto en bandeja. Confío en que lo que le cuento la haya irritado tanto que su próxima misiva sea fuego. Ardo de expectación, tanto que yo también estoy a punto de gritar: ¡¡¡Balenciaga!!!

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CARTA VIII

MADAME DOE A MR. SMITH: EL PERIODISMO CLON, EL PERIODISMO DE DATOS Y LOS PERIODISTAS DOMESTICADOS

Leo y releo, querido amigo, su última misiva y reconozco que envejezco. El envilecimiento ajeno y expuesto que antes me hubiera hecho reír, hoy me apena. Quizá porque supongo a los otros un afán distinto al de la mera satisfacción material (¿eso que se llamaba vocación?). Qué vacío y qué frustración habría de sentir el joven (o no tanto) periodista obligado a cantar las inmerecidas alabanzas de su jefa. Qué descrédito entre sus iguales y sus futuros empleadores al defender fraudulentamente una marca. Qué vergüenza por la bajeza de la propia debilidad o cobardía. Recuerdo los tiempos en los que obcecarse, llevar la contraria, cuestionar y perseguir al jefe con ideas peregrinas era carta común entre los aspirantes a llamarse periodistas. Hoy todo lo que se busca es complacencia, bajar la cabeza, decir sí a todo. De aquellas glorias solo veo ahora los egos de los muflones que se disputan las páginas de cultura de los periódicos (desafortunadamente, no conozco otras secciones). Muchos hombres pequeños con trabajos que les quedan grandes, expertos en quitarse de encima a compañeras más valiosas que ellos mismos a golpe de machismo. Ay, si pudiera decir nombres… Alguno hasta tendría premios literarios.

Incluso estos, aparentemente defensores de una información de calidad (y, como leemos, más estrictamente interesados en caracolear los volantes de su prosa), forman parte del ejército de hombres y mujeres domesticados que hoy escriben los medios que tan poco se venden. Periodistas convertidos en alcayatas humanas de tanto hacer la genuflexión, que se engañan desde el mismo instante en que abren o no la puerta a según qué asuntos en las páginas de sus publicaciones. Y más allá, si convenimos en que todo, absolutamente todo, es ya política. Seducido por los cohechos y sueldos del periodismo del marketing flojo, el periodista de fin de semana se han convertido hoy en un mero prescriptor de marcas encubiertas en tendencias: esto se lleva, esto no se lleva. Valiente misión para una profesión que nació pobre y heroica. El periodista domesticado es culto, inteligente, listo y cultivado; sabe todo lo que hay que leer, ver y escuchar, domina el arte de la conversación y de la etiqueta de cóctel. Y, sin embargo, no se atreve a utilizar las herramientas que se han dado para explicar y darle sentido a su mundo. Más bien al contrario: anima al consumo desideologizado, desinformado y descontextualizado de todo lo que él disfruta con más o menos consciencia. Es lo que un gran jefe que usted y yo tuvimos llamaba “escribir para la señora de Murcia”. La faltaba la segunda parte del consejo: “la señora de Murcia es imbécil”.

Lo de la señora de Murcia trae cola: tan imbécil la hemos hecho que ya ni se asoma al quiosco. La televisión colma todas sus expectativas de entretenimiento y diversión. Las futuras señoras de Murcia, sus hijas y sus nietas (como siguen siendo imbéciles por herencia, seguiremos aplicando el femenino del ejemplo original), ya han comprobado que lo que se escribe en el periodismo para tontos es un clon de lo que se ve en las webs: corta pega de notas de prensa, artículos foráneos reciclados o reformulación de ideas mil veces expuestas. La originalidad casi siempre colisiona con el ridículo: ahora mismo pasa por mi muro de Facebook un artículo de periodismo del fin de semana sobre qué se siente al sentarse durante ocho horas en una bola gigante de goma (esas del wellness). La idea es peregrina y el resultado no es Foster Wallace: tras la lectura no he sacado absolutamente ninguna conclusión sobre el asunto. A ver si las señoras de Murcia van a ser otras.

No digo yo, aunque se me vea el plumero, que todo lo impreso haya de ser una soflama militante, un panfleto político o un ensayo denso. La ligereza está en el corazón de las revistas para las que escribimos. Sin embargo, entre la ligereza y el vacío media un abismo. Un abismo, es cierto, lleno de lectores: da que pensar que muchas de las diez revistas multiplataforma más exitosas según la revista A-List estén más preocupadas por el cuerpo que por el espíritu. Bon Appetit, Women’s Health, Eat Well, Elle, Esquire, InStyle, Men Fitness… Quedan como alimento del cerebro la falsísima Vice (que viene a ser la Belén Esteban de los magazines) y la impecable New York Magazine, donde sí se produce el feliz encuentro entre cabezas que piensan y escriben no para el uno, sino para el otro. No hay que tener un olfato especialmente desarrollado para advertir el hambre de sentido, de significado y de contexto que tienen las audiencias lectoras en el mundo. Por alguna razón (cobardía, falta de formación, vaciedad personal), los periodistas españoles no saben escribir para el público que les espera sino para el que perdieron. Jamás tuvo una industria que vive tanto del futuro unos mandos tan viejos, anquilosados y caducos.

El asunto del viejerío viene muy bien al caso de la irrupción de ese timo llamado periodismo de datos. Venga masters de su grupo de comunicación afín vendiendo la nueva panacea para el joven aspirante a contador de historias. ¿Cambiamos palabras por cifras? Desde luego: hacen mucho menos daño y sus efectos secundarios duran un suspiro. Publiquemos fichas, facturas, excell, balances, extractos. Pero de nada sirven las cifras si el profesional no está pertrechado por el conocimiento que permita traducirlas. Los números por sí solos jamás podrán satisfacer la necesidad de conocer y entender de un lector de hoy. Pero un periodista de datos siempre será menos peligroso e incómodo que un periodista con todas las palabras en la recámara. Aún no me puedo creer que traten de arrebatárnoslas, aunque el síntoma bien le sirve al diagnóstico de fin de siglo que asiste a nuestra profesión. Si hay que tocar un fondo antes de volver a subir, ese me parece a mí el del periodismo de datos y, otra intrusión de la publicidad en zona noble, el de los contenidos patrocinados.

En una reciente conferencia en Nueva York, los CEO de Condé Nast, Hearst y Time Inc., entre otros, no solo pasaron olímpicamente de la recomendación de la Sociedad Americana de Editores de Revistas para distinguir los contenidos informativos de los publicitarios, sino que defendieron la idea de que ambos deben parecerse aún más. Efectivamente: hubo un tiempo en que las revistas eran escaparate de sueños materiales e inmateriales, escenario de lo más exquisito que podía tocar cuerpo y mente, y los periodistas andábamos a la búsqueda de aquello que más y mejor podía ponerle los dientes largos a nuestros lectores. Hoy funcionan más como un supermercado en el que los mayoristas colocan su producto, previo pago. La prescripción no se realiza en función de una previsible satisfacción, sino debido a que el mayorista paga. No estamos aquí ya ante periodistas sino, como mucho, ante copys. Periodistas domesticados copiando y pegando consignas con la tendencia como coartada. Es que eso ya no se lo traga ni la pobre señora de Murcia, chivo expiatorio de la falta de altura y cobardía de los editores, directores, subdirectores y redactores jefes que, de momento, nos dan de comer.

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CARTA VII

MR. SMITH A MADAME DOE: LAS BLOGUERAS DE MIERDA Y EL SÍNDROME DEL “HOMBRO FRÍO”

Le confieso, madame, que he sido malo. Que mi diablillo interior tenía ganas de dinamitar esa bonita estampa corporativa en la que, de repente, nos hemos visto enmarcados y hasta jaleados. No he podido evitarlo… Ya sabe, mi buena amiga, que yo ni doy por sentado ni me creo nunca nada, y que antes o después termino convirtiendo en tempestades lo que eran (o parecían ser) vientos favorables. Usted, para su suerte, ha conseguido maniobrar a tiempo y abrazar a Epicuro, pero servidor no logra desligarse de Antístenes y de Diógenes. Admito que no es seguramente el más edificante de los ejemplos –diga manera de ir por la vida-, pero, quizá para mi desgracia, no conozco otro. O soy incapaz de reconocerlo. No me censure por ello. Hágalo, en todo caso, por mi demora, si la ha tenido sin saber de mí más de lo que pudiera parecerle necesario.

Hasta cuatro veces he comenzado a escribir esta carta y otras tantas he borrado lo escrito. Lo que pretendía en realidad era hablarle de ese servilismo instaurado en las redacciones de las revistas de moda/femeninas que ha derivado en un emputecimiento vil de sus profesionales, tanto que ya hay quien ha llegado al extremo de glosar las virtudes de sus jefas (siempre son jefas) negro sobre blanco, papel y digital, indistintamente. El caso sería susceptible de aplicarse a cualquier otro tipo de medio, cierto, pero encuentro el que nos ocupa especialmente miserable. El detonante fue un enlace que me envió, con toda la intención, Madame La Gargoyleslayer, que cuando quiere también es más mala que el sebo. Se refería a ese apartado del Vogue online patrio titulado 7 días/7 looks que, para la ocasión, protagonizaba la mismísima directora de moda de la revista, Madame La Antolín, acreedora de la Cebola de Ouro 2013 que concede el ayuntamiento de Sanxenxo a sus ilustres veraneantes y uno de los personajes más nefandos del ramo. No voy a entrar aquí a valorar su trabajo, pero busque en su peluquería o en su dentista, si le puede el morbo, un ejemplar de este octubre pasado (ese que se anuncia en portada como “El gran número de las mujeres reales”: La Jara, La Saura, La Makaroff…), por no ir más allá, y ya me contará lo que le ha transmitido el despliegue de poses sepsis y bragas a medio asomar del editorial de su autoría. De lo que quería hacerla partícipe, en fin, era del sonrojante texto que acompaña el estriste style de la susodicha, firmado –hay que tener valor- por la periodista/esbirra de guardia, que ni un escriba testimoniando las gestas de su señor: “La frase ‘Así viste la directora de moda de Vogue España’ es imponente, pero justa y necesaria (…)” o “El trabajo de Belén Antolín es hiperbólico, tanto como su risa, que hace pensar en aquel persona [la errata sigue ahí] de Cien años de soledad del que se decía que tenía la cualidad casi mágica de conjurar con sus carcajadas a las aves”. García Márquez, ya ve usted. La firmante, por cierto, es aquella del fantasioso apellido compuesto, que no nombraré por evitarle mayor escarnio, de la misma manera que no le facilito el enlace de la pieza por no darle más tráfico a tamaña abominación. Allá usted y su conciencia si quiere hacerse un Google.

Por descontado, la publicación es libre de llenar sus páginas -físicas o virtuales- con el contenido que le dé la real gana (ya la juzgarán por eso sus lectores o, peor, sus anunciantes, y aquí se abriría una nueva línea de debate sobre si una cabecera como Vogue puede permitirse según qué libertades, que me consta que más de un PR ha puesto el grito en el cielo precisamente por el gran tema de las “mujeres reales” y quiénes han sido las elegidas para ejemplificarlo). Lo que no alcanzo a comprender son las razones que llevan a un periodista a querer figurar en un artículo que debería ir escrupulosamente firmado como Redacción o, en todo caso, por la propia interesada en el autobombo (la directora de moda, esto es, y si no sabe escribir seguro que encuentra quien le haga un digno trabajo de edición). ¿Obediencia cerril, peloteo arrastrado, ambición ciega, simple estulticia? Ambos conocemos de sobra los regímenes de terror impuestos en las redacciones, sabemos de insultos y de ataques de violencia psicológica, de lloreras en los baños, y aunque lo que le cuento no es el resultado de un excepcional entorno laboral idílico, de relaciones horizontales y camaradería sin par en el que una redactora loa la gracia indumentaria -y, de paso, profesional- de una jefa, tampoco creo que nadie haya obligado a esta desdichada a arrastrar su nombre.

De todos modos, es muy probable que no le hubiera dado mayor importancia (a veces pienso que estos arrebatos de ética míos no son sino fruto del desquicie y de la deformación ad hoc) si al poco no me hubiera topado con otro ejemplo sangrante. Fue en Telva, un desplegable a mayor gloria de su jefa de estilistas, Madame La Martínez. No recuerdo el nombre de la redactora firmante, aunque en realidad da lo mismo. Note, eso sí, que publicación y personaje son la antítesis de los antes referidos (incluso habiendo sido la actual directora de Telva anterior subdirectora de Vogue: eso es saber estar en tu sitio… o no tener agallas). El caso es que así fue cómo un pensamiento se instaló en mi mente para arañarla con fiereza y distraerme del cometido que me había propuesto: las otrora grandes cabeceras de la moda, devenidas magníficos egoblogs. El insulto final a la inteligencia del lector.

Venga a mearnos en esos personajes que han otorgado carta de naturaleza al narcisismo como información (nunca el medio fue tanto el mensaje) y resulta que los presuntos profesionales del sector, esos que supuestamente dan sentido a la comunicación de moda, aspiran a lo mismo y validan con sus ejemplos el infame egotrip bloguero. Si lo único que se les ha ocurrido a las revistas es convertirse en escaparates personales de sus artífices como reacción a la invasión bloguera, entonces apaga y vámonos. Y si lo único que salva las distancias entre periodismo y egobloguerismo es el nombre de un tercero informado de la nada, maldita profesión de mierda. “El chic que le aporta ella [la directora de moda de Vogue España] a esta combinación de básicos [unos vaqueros y un jersey] es, a la vez, innato e inspirador”. Firmado: esa periodista. Que le den el Pulitzer. O un libro en Planeta. Que te asalte esto mismo -o por el estilo- en papel es la puntilla y el descabello. La coartada de Telva no tiene desperdicio: “Si Madrid fuera Nueva York, Julia Martínez sería una de esas fashion insiders -estilistas- que las revistas extranjeras han incorporado a la liga it girl”, pinta la redactora, que se atreve incluso a citar a Francisco Umbral, asegurando que al que fuera insigne observador de las chicas Telva le habría chiflado el artículo (puede, pero no precisamente por la razones que presume la informante: para Umbral, el epítome de esa españolísima casta femenina –“La chica Telva pudiera ser la Regenta nacional, pero, española al fin, se ha contratado a sí misma para concejala en Lepe”– era… Esperanza Aguirre.). A Madame La Chapa, directora de moda de la publicación, que ni tiene cuerpo joya (sic) ni ha sido retratada por The Sartorialist sino todo lo contrario, mejor no la ensañan, évidentment.

Madame La Martínez, por cierto, tiene su propio blog en la web de Telva. Ella no sabe si considerarse bloguera porque, dice, “no me pagan” (¿quién, su empleador, las marcas?). Madame La Carbonero tiene su propio blog en el sitio de Elle. No sé si se considerará bloguera, pero seguro que le pagan. La primera es un tipa cool; la segunda, una EB de mierda (no lo digo yo en ninguno de los casos; es, llamémosle, el sentir popular). Curioso cuando las dos hablan el mismo idioma en sus posts: yo, mi, me, conmigo. Consideremos que a la una la avala el criterio de su veteranía como estilista y que la otra apenas aporta sus opiniones/experiencias/reflexiones (propias, intertextualizadas o sacadas directamente de Wikipedia), pero, ¿quiénes han validado la autoridad de la segunda para ocupar la página de una publicación con su firma sino todos esos medios y periodistas que con sus informaciones la han convertido en icono de estilo, en árbitro de la moda? Sabemos que a La Carbonero –y quien dice ella dice cualquier otra de su especie- se la quiere por su ingente base fan (y hater, claro) que va a disparar el tráfico de la web en aras de la conquista del anunciante, pero la artimaña mercantil ni cambia ni hace mejor la situación. En realidad, confirma el más bochornoso de los escenarios: el profesional de la comunicación de moda reducido en la exaltación estilosa de su persona a reclamo o vehículo para la publicidad (hay una pieza de Madame La Martínez y lo guay que es su coche, o el coche que hace pasar por suyo, la marca en versalita eso sí, que pone los pelos como escarpias). Para eso hemos quedado, para carne de advertorial o publirreportaje. Encubiertos, faltaría.

Tratando de discernir qué convierte en buena a una y en mala a otra, por qué a una se la reverencia y a otra se la lapida, un nuevo pensamiento me noqueó duramente: las blogueras de mierda que miran por encima del hombro a otras blogueras de mierda. Creo que el mundo podría dividirse hoy así. Y me temo que nosotros estaríamos en el primer bando, el de las que ponen el cold shoulder, que dicen en el Imperio. Me lo da a entender otro par de enlaces que me han enviado y que remiten a varios blogs en los que se hace mofa y befa de ciertos EB, en plan guiño cómplice. En Twitter, esa herramienta infernal, también pasa mucho. Fue así como la perversa idea no tardó en cruzar como un rayo mi cabeza: ¿qué pasaría si uno se revuelve contra los suyos? Y entonces lo hice.

Me lo puso a huevo un artículo escrito por Madame La García en PlayGround (ya sé, ya sé, pero relájese y guárdese de destrozar el tocador hasta que hablemos de la Vice) a cuenta del presunto repunte racista en la industria del trapo. Formalmente, a la pieza no se le pueden poner peros: bien estructurada y escrita, enciclopedista al uso. El problema, claro, está en el fondo: es otro de esos ejercicios de información gratuita que no aportan más de lo ya leído en los correspondientes diarios, revistas y portales foráneos. Cero análisis y reflexión (de la conclusión/moraleja final prefiero no hablar para no hacer más sangre) y ya no digamos aproximación contextual a una realidad cercana a la nuestra (y mire que tenía todas las posibilidades). Encima, venía dañada desde el titular (no fue cosa de la periodista, todo sea dicho, sino del editor, para variar), al dar pábulo a uno de esos fenómenos socio-indumentarios sin mayor interés/repercusión fuera de sus lugares de origen y que aquí apenas sirven para rellenar y hacer ver lo modernos y enterados que somos (de acuerdo, esta será una sociedad global, pero para ser global primero tienes que saber de dónde vienes; una simple referencia a la particularidad española del asunto, con el que sí es posible establecer paralelismos por estos pagos, y aquí paz y después gloria). Yo aún tenía frescas sus palabras sobre periodistas devenidos traductores y la barra libre editorial, así que hice notar públicamente la inutilidad del artículo, señalando a continuación a su autora. Y ocurrió lo esperado.

Nadie entendió la crítica (la aludida y sus paladines dirían “acusación”). Solo se quedaron con la copla de “copia”, “plagio”, palabras que nunca escribí al respecto y que al parecer producen un terror secular, más que “vacuidad” o “futilidad”. La única intención era reseñar lo vano de la  trasposición de un asunto aparecido en publicaciones foráneas a una patria -sin echarle al menos algo de enjundia local-, que era justo de lo que usted, madame, me hablaba en su última carta. De hecho, a ella remití una y otra vez a Madame La García cuando, airada en todo su derecho al sentirse personalmente atacada, me exigía argumentos a mi acusación. No hubo manera, y menos cuando entraron al trapo terceros en discordia para defender a su amiga/colega, que también era lo que uno preveía (incluso más y con mayor virulencia). De nuevo a tomar viento la compresión lectora.

No me importa entonar el mea culpa como agente provocador y reconocer que Madame La García no ha sido sino un daño colateral: le pudo haber tocado a cualquier otro, pero su artículo se me apareció en el momento oportuno y, encima, hasta le vino bien a mi propósito que fuera suyo, por ser una periodista especialmente estimada, también por mí (esa consideración que tanto ha molestado a según quién). Estos son tiempos difíciles en los que, como bien apuntó a propósito Madame La Urrea, todos estamos en el mismo barco. Y yo añadiré, además, que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, incluidos nosotros. Sí, claro, pero líbrenos Dior de pitar falta entre la pandilla estupenda, los periodistas de pro. Se lo digo con el modo autocrítica on: qué fácil burlarse de la necedad narcisista ajena cuando te asiste el criterio profesional -o eso se supone- y qué difícil aceptar que te toquen el amor propio cuando también contribuyes a esparcir morralla intelectual como tal profesional.

P.D.: Cuando quiera, estoy listo para atacar el periodismo de datos.

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