CARTA IV

MADAME DOE A MR.SMITH: COMENTARIO DE TEXTO A UN ESTATUS DE FACEBOOK DEL ESCRITOR JAVIER CALVO
Perdone, estimado amigo, mi ausencia inesperada e indeseada (por mí) de la vida digital. Desafortunadamente, mi única conexión con el mundo en esta playa dejada de la mano de Movistar en la que paso el otoño ha fallecido. Computer says no, que diría mi sosias catódico. Fatalista por conveniencia, me lo tomo como una invitación más a dejar la escritura y la silla, aquejada como estoy de este dolor de espalda que se empeña en no abandonarme. Así que aquí estoy, escribiéndole desde el que probablemente sea el último cibercafé del territorio nacional, en la incomprensible ciudad de Cartagena.

Sobre el asunto del nombre y la silla tengo poco que decirle. Siempre he optado por la invisibilidad incluso nominal. Un jefe bienintencionado me recomendó una vez que cambiara mi nombre porque el que me dio mi madre no me conseguiría ninguna gloria. Desde luego tenía razón: cultivar el nombre es signo de estos tiempos. Incluso inventarse apellidos seudoaristócratas como una ridícula becaria también seudosiniestra (lo de esta mujer es la impostura sin duda) que usted y yo conocimos. Por suerte, la gloria no le alcanza a mis pretensiones de satisfacción personal. Reconozco que prefiero servir a la causa que ser la causa, siempre que esta sea de un significado magnífico. Cualquier figurante de la moda sabe que su voz solo sirve para justificar espacio publicitario a las marcas. Con escasos márgenes para la crítica, sirven a una causa ridícula con una influencia imperceptible. Aunque vivan en una burbuja de privilegios y atención global, su significado es mínimo, al menos para personas con un nivel de civilización mediano. Eso sí: sus nombres suenan.

Solo una vez he estado en la semana de la moda parisina y tuve la ocasión de ocupar una de esas últimas filas de las que me habla. Me sucede invariablemente (bueno, excepto en los aviones) que, aunque me tengan reservado asiento preferente, acabe encubierta en lugares más apropiados para ver que para ser visto. El desfile era de Monsieur Slimane para Dior Homme, y pude apreciar la belleza de aquella explosión de energía juvenil y ropas ajustadas, aunque disfruté mucho más con un par de crónicas -ninguna de ellas firmada por los moñigotes que mencionaba- que supieron extraer de la simple costura el espíritu de unos tiempos que aún nos respiran en el cogote (aunque con un aliento que empieza a oler a podrido). No es que desprecie la moda como manifestación de la civilización, es que me parece una grosería que las plumillas con nombres grandilocuentes y los diseñadores sin fondo de armario la rebajen a un acto de consumo sin más (¿cuántos verdaderos creadores quedan en ese letal loop de temporadas que deben alimentar a la bestia?). Sentido y significado, esa es la cuestión. Le debe usted al mundo (y no me refiero al que nos escupe por fin) un reportaje que cuente cómo La Wintour decide lo que se va a poner América. Una pieza de nuevo periodismo verosímil.

Sobre La Coddington, no lo puedo evitar: me recuerda a esas niñas (yo misma) que le sacaban la lengua y le hacían cortes de manga a la monja en cuanto se daba la vuelta. Y sobre el asunto de esa publicación que menciona y su portada ortopédica, solo pone otra piedra al cuello del ahogadísimo panorama de las revistas femeninas. Supongo que interesará a esas mujeres con glotonería consumista, ávidas del grosero subidón de la compra sin sentido y presas del aburrimiento debido a una comprensión lectora deficitaria. Espero que, a poco que la civilización, las lecturas y el sentido de cierta estética ética acompañen, otras sabrán delimitar el espacio vital de esa revista (y de todas las que se limitan a apelar a los instintos primarios) al cuarto de baño. Me resultan especialmente desagradables los artículos de seudofeminismo y sociología hipster copiados de las webs anglosajonas. Es que se las suda llenar páginas y páginas con fenómenos que aquí no tienen la menor trascendencia (ni están ni se les espera), con tal de que todo quede “bonito” para la publicidad. Viven en una burbuja de after works, viajes de promoción y cierres hasta las tantas, sin mirar al triste país en el que viven. ¡Qué más da que no les lea nadie! Mientras entre la cosmética… Les resulta  mucho más fácil hablar del vecino y hacer corta pega que comprometerse con la realidad que nos ha tocado en desgracia. Para eso hay que tener valor, valores y vocación. Lo que me recuerda que quería hablarle del estatus de Javier Calvo…

He de confesarle que mi uso favorito de Facebook es el de escudriñar lo que dicen desconocidos (o semi) en los muros de mis amigos. De vez en cuando (muy de vez en cuando) encuentras a alguien que no habla por la boca de la corrección política, del miedo, de los tópicos, del autobombo, de la vanidad o del ego chungo. Justo antes de que se le apagara la luz a mi pequeño notebook, vi en el timeline (¿se llama así esa ristra acusadora que sale a la derecha de la pantalla con la actividad de otros?) que a nuestra común amiga Madame La Escudero (nota al pie: qué buena pinta tiene su libro de recetas para el táper, deberíamos alquilar un laboratorio gastropijo de esos y traerla a que nos cocine en plan akelarre) le gustaba el siguiente estatus del escritor Javier Calvo: “Queridos escritores que lo sabéis todo de la condición humana, la alienación, el capitalismo, Occidente, la crisis de valores, el compromiso y la solidaridad… espero DE VERDAD encontrarme con vosotros por la calle una noche en que yo vaya muy, muy borracho para VOMITAROS encima. Putos parásitos de la crisis. En mis tiempos el hecho de que la gente estuviera jodida no te daba derecho a pontificar todo el día como un hijo de puta”.

Y me hubiera gustado comentarlo, pero se me acaba el duro en el cíber y esto se va haciendo muy largo. Donde pone escritores ponga periodistas y deje que su corazón se llene del odio que tanto me atrajo de este exabrupto admirablemente rabioso. A mí ya no me queda ni cabreo. Solo arena de playa en el pelo y cara de imbécil.

PD: ¿El velero? Una puta mierda.

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