CARTA I

MR. SMITH A MADAME DOE: DE LA SINSUSTANCIA INFORMATIVA Y LA COMIDA DE POLLAS SOCIAL

Ya ve, mi buena amiga, que cumplo la palabra que le di, y que las fiestas y los viajes no ocupan todo mi tiempo, pues siempre me quedará un rato para usted. Antes de entrar en materia, sin embargo, me gustaría que tomara conciencia de este acontecimiento: ahora somos blogueras de mierda. Jamás me habría imaginado que cualquiera de los dos podría acabar así pero, en efecto, como dicen los hijos del Imperio, shit happens. Y apesta. Me encoge el alma y me afloja el esfínter pensar en compartir categoría ¿profesional? con algunas de las mentes más desnutridas de nuestro siglo, que uno (ya lo sabe) siempre ha pensado que el bloguerismo es al periodismo lo que Zara a la moda: la inmediatez sinsustancia, el refrito, el adocenamiento, la nada. Además, siendo como es servidor devoto de Harry Callaghan, las opiniones de aquellos cuyos criterios son “difíciles de contrastar” -por decirlo de alguna manera- me las paso por el arco de triunfo.

Leo por ahí que, de repente, hay mucha “bloguera a su pesar”, como si el agónico devenir de las empresas de información convencionales no encontrara otra salida. A mí, para el caso, no me pesa, por mucho que abjure de la condición, ética y estéticamente. Decir “ahora voy y me hago bloguera de mierda” y ver la luz fue todo uno. De pronto, te das cuenta: has estado tanto tiempo vendido a los intereses de todas esas marcas/corporaciones por algún estúpido sentido de la lealtad a la empresa para la que trabajas (llámelo “buen juicio” o “cautela laboral”, si quiere) que ya ni sientes ni padeces, peón robótico de la gran apisonadora propagandística. Liberarse al fin de la mordaza publicitaria -más que cargar contra esos pobres personajillos que aspiran a bautizar un bolso con su nombre- era, pues, una necesidad vital, así se materialice vía blog.

Y ahora a lo que iba. París me ha pillado con un sol que ni se lo creen los lugareños y en unas circunstancias (calculadamente provocadas) que me han permitido visionar el filme du jour, ese documental a mayor gloria de la vacuidad editorial y a menor consideración de toda labor informativa que responde por Mademoiselle C. Tener bajo el foco durante nueve meses a la protagonista de uno de los mayores escándalos del periodismo de moda y que se te escape viva es de juzgado de guardia. Otra tangana. No sé si Madame La Roitfeld se la merecerá, pero desde luego que no el respetable. No, no espere otro Septembrer Issue, cinta que, posiblemente sin querer, decía más sobre las entretelas del propio negocio de la moda que cualquier artículo de WWD y tras la cual Mario Testino debería haber renunciado a seguir haciendo el ridículo con una cámara, que esto no es más que una hagiografía ilustrada sobre una señora que ha tenido que inventarse una revista para poder seguir saliendo en la foto (y que ni siquiera sabe qué contestar cuando se le pregunta a qué se dedica, cosa que ocurre en el minuto dos del filme). Y eso que, sobre el papel, la historia pintaba redonda: un despido fulminante, un grupo editorial ejerciendo el derecho de pernada sobre sus colaboradores, tráfico de influencias, marcas/diseñadores cabreados como monas, el nacimiento de una nueva publicación independiente, ¡Benjamin Galopin!… Que con tamaños mimbres haya salido cesto de tan poca profundidad solo puede significar que a) hay intereses que la realidad no puede superar o que b) el director es un inepto. Detalle esclarecedor: las risitas sardónicas que resonaron en el pequeño cineclub de los Campos Elíseos donde se proyectaba el documental para la prensa local, apenas unas horas antes de su estreno en Nueva York, al referir la salida de Madame La Roitfeld de la dirección del Vogue francés, resumida apenas en un rótulo estilo cine mudo.

Se imaginará que mi intención, claro, era entrevistar al responsable de la pieza: Fabien Constant, realizador debutante que parece no haber aprendido nada del que fuera su pareja, el rey del docudrama fashionista Loïc Prigent (uno siempre hace sus deberes). El pulso y la tensión que podían apreciarse en su serie Antes del desfile son linealidad y pasteleo en manos de su ex. Precisamente, fue Monsieur Constant el que insistió en que viera su película antes de hablar con él, y por ahí vienen ahora los problemas: se niega a contestar a las muchas preguntas que me han asaltado tras el visionado. La excusa: que para qué va a perder el tiempo si Mademoiselle C no tiene fecha de estreno en España. Como si en una sociedad global como la nuestra eso fuera menester, le replico. Que ya ve que no me ha gustado la cosa y que he superado su “límite sadomasoquista” (sic), continúa. Que de qué carajo va y que si acaso cree que yo hago entrevistas para hacer amigos, le espeto. Que si alguna vez su documental llega a España quizá entonces conteste a mis preguntas tal cual fueron formuladas, tercia. Que adiós y gracias, cambio y corto.

Usted verá, mi buena amiga, si cuestionar hasta qué punto está pactado el contenido de una información (sea en forma de artículo, de panfleto de supermercado o de documental) es para inquietarse. O si preguntar por qué se le ha escamoteado al público un episodio clave en la vida del personaje en cuestión es para recelar. O si inquirir si se ha recibido alguna presión por parte de algún gigante mediático es para echarse a temblar. Me temo que este es el escenario que nos han montado los últimos tiempos de necedad informativa y periodismo lameculos. Hay a quien solo le interesa que le coman la polla en Twitter y desconfía si no entras al trapo. Aunque también entiendo que resulte difícil fiarse del diablo. Por mi parte, ya solo confío en Madame La Guillotine.

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